Una característica importante de los seres vivos, en general, es la propiedad de poder comunicarse con el medio que lo rodea. Los animales, los vegetales y hasta los minerales lo hacen como una forma de reaccionar frente a situaciones fuera de contexto que ocurren en la naturaleza. Los minerales, aún con la apariencia inerte que poseen, son capaces de avanzar hacia nuevos estados físicos y/o químicos para retomar el equilibrio que en algún momento de su historia perdieron.
Los vegetales, más cercanos a nuestra vida diaria, son capaces de desplazar sus tallos, ramas y hojas, a posiciones que su medio circundante le ha ido vedando con el transcurrir del tiempo. Y para qué decir de los animales, género en el cual estamos insertos, que, dada nuestra independencia corporal y capacidad de desplazamiento, podemos cambiar geográficamente de posición y definitivamente abandonar los lugares que en principio no nos acomodan.
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Si fuéramos capaces de interpretar debidamente el lenguaje de las propiedades de los elementos naturales que nos rodean, probablemente el mundo sería otro en el sentido de respetar la existencia de los demás. Pero lamentablemente nos falta desarrollar esa cultura de la comprensión del entorno, para conducir adecuadamente nuestro desarrollo por un mundo cada vez más restrictivo, tanto en los espacios físicos como en los espirituales, y que nos lleva, muchas veces, a tomar decisiones no deseadas para la sociedad en su conjunto creando impasses permanentes entre nosotros.




