Desalinización en Medio Oriente se ha convertido en uno de los puntos más sensibles del conflicto que enfrenta a Irán con Estados Unidos e Israel. En una región donde el acceso al agua dulce depende en gran medida de la tecnología que convierte el agua de mar en potable, los recientes ataques a instalaciones energéticas y portuarias cercanas a plantas desalinizadoras han encendido las alarmas sobre el riesgo de una crisis humanitaria.
El conflicto, iniciado el 28 de febrero de 2026 tras ataques estadounidenses e israelíes contra objetivos iraníes y las posteriores represalias de Teherán, ya ha afectado refinerías, terminales portuarias y plantas energéticas en distintos puntos del Golfo Pérsico. Sin embargo, la preocupación internacional aumentó cuando los ataques comenzaron a producirse en las cercanías de instalaciones de desalinización, infraestructura crítica para la supervivencia de millones de personas en la región.
En Dubái, uno de los episodios más preocupantes ocurrió el 2 de marzo cuando ataques iraníes contra el puerto de Jebel Ali impactaron a unos 20 kilómetros de un complejo que alberga 43 unidades desalinizadoras, responsables de producir más de 650.000 millones de litros de agua potable al año para la ciudad.
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Infraestructura vital para la supervivencia
En el Golfo, las plantas desalinizadoras son más que simples instalaciones industriales: constituyen el núcleo del suministro de agua potable. Los países de la región utilizan la abundante energía proveniente del petróleo y el gas para alimentar cientos de instalaciones capaces de convertir agua de mar en agua apta para consumo humano.
Actualmente existen más de 400 plantas desalinizadoras operando en los países del Golfo, lo que permite sostener ciudades enteras en entornos desérticos con escasez natural de agua dulce.
La dependencia es extrema en varios países:
- Arabia Saudita: alrededor del 70% del agua potable proviene de desalinización.
- Omán: cerca del 86%.
- Kuwait: aproximadamente el 90%.
- Emiratos Árabes Unidos: alrededor del 42%.
- Israel: cerca del 50% del suministro de agua potable depende de cinco grandes plantas costeras.
En conjunto, Medio Oriente concentra cerca del 40% de la capacidad mundial de desalinización, con una producción estimada de 28,96 millones de metros cúbicos de agua por día.
Según especialistas, esta dependencia convierte a las plantas desalinizadoras en objetivos extremadamente sensibles en escenarios de conflicto armado.
Escalada peligrosa en el conflicto
La tensión aumentó cuando Irán acusó a Estados Unidos de atacar una planta desalinizadora en el sur del país, acusación que Washington rechazó categóricamente. Posteriormente, el gobierno de Bahrein denunció que drones iraníes dañaron una instalación similar en su territorio.
Expertos advierten que si estas infraestructuras comienzan a ser atacadas deliberadamente, el conflicto podría cruzar un umbral crítico.
Laurent Lambert, profesor de políticas públicas del Instituto de Estudios de Posgrado de Doha, advirtió que los países del Golfo mantienen reservas de agua que en muchos casos solo alcanzan para pocas semanas, lo que significa que la interrupción prolongada de la producción de agua desalinizada podría generar rápidamente una emergencia humanitaria.
En la misma línea, el académico omaní Abdullah Baabood señaló que estas instalaciones deben considerarse infraestructura civil esencial. Atacarlas, sostuvo, “podría convertir una confrontación militar en una amenaza directa a la supervivencia de la población”.
Un sistema que sostiene ciudades enteras
La tecnología de desalinización explica cómo ciudades ubicadas en medio del desierto han logrado desarrollarse con altos niveles de consumo de agua.
La abundancia relativa de agua desalinizada ha permitido construir parques, campos de golf, fuentes urbanas e incluso centros recreativos con nieve artificial en algunas ciudades del Golfo.
De hecho, ocho de las diez plantas desalinizadoras más grandes del mundo se encuentran en la Península Arábiga, mientras que las otras dos corresponden al complejo Sorek en Israel.
La importancia estratégica de estas instalaciones no es nueva. Ya en 1983 la CIA identificó el agua desalinizada como uno de los recursos más críticos del Golfo, señalando que su interrupción podría desestabilizar rápidamente a los países de la región.
Ese escenario estuvo cerca de materializarse durante la invasión de Kuwait por parte de Irak en 1990, cuando los analistas de seguridad internacional comenzaron a advertir sobre el riesgo de ataques contra estas infraestructuras.
Hoy, con la intensificación del conflicto en Medio Oriente, esa preocupación vuelve a cobrar relevancia, mientras gobiernos y organismos internacionales temen que la guerra se extienda hacia uno de los recursos más vitales de la región: el agua potable.