La seguridad hídrica en Israel se sostiene sobre una combinación de infraestructura de transporte, desalinización a gran escala y reutilización de aguas residuales tratadas. Con esa mezcla, el país redujo su dependencia de fuentes naturales y reordenó su matriz de suministro para consumo urbano, agricultura e industria.
La red que movió agua desde el norte hacia zonas más secas
El eje histórico fue la construcción de un sistema nacional de conducción que permitió transferir agua desde áreas con mayor disponibilidad hacia los principales centros de demanda y regiones áridas. Esa columna vertebral se integró con embalses, estaciones de bombeo y redes de distribución, y con el tiempo pasó de una orientación agrícola dominante a un rol más fuerte en abastecimiento urbano e industrial, en paralelo al crecimiento de la desalinización.
En Chile, este debate se cruza con el avance de la desalación en sectores intensivos en agua, como se ha detallado en el análisis sobre la desalación como innovación para la minería chilena.
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La expansión de la ósmosis inversa convirtió el agua de mar en un componente estructural del suministro. En documentos técnicos asociados a la institucionalidad hídrica israelí, se reporta que las plantas de desalinización ubicadas en la costa mediterránea y en Eilat “actualmente” aportan 600 millones de metros cúbicos por año al sistema, dentro de un esquema que proyectaba mayores capacidades en el tiempo, con agua de mar y salobre como fuentes principales (informe técnico alojado en el portal del Gobierno de Israel).
A nivel comparado, la OCDE describe que cinco plantas de desalinización abastecen más del 80% del agua urbana doméstica del país, y que el sistema se apoya, además, en tratamiento de aguas residuales para asegurar confiabilidad del suministro (síntesis “Environment at a Glance: Israel”).
Para el lector que sigue el debate ambiental, un punto crítico es el residuo del proceso: en el caso chileno, el crecimiento de la desalación ha reabierto la discusión por la salmuera y su manejo en el borde costero.
Reutilización: el 87% del efluente vuelve al sistema productivo
La otra pata del modelo es la reutilización. La OCDE reporta que más del 87% de los efluentes de aguas residuales se reutiliza principalmente en agricultura, y que la gran mayoría del total de aguas residuales se recolecta y trata, aunque con brechas en tratamiento terciario en algunas zonas (OCDE, Israel).
Esta configuración —agua desalinizada para consumo urbano y agua tratada para riego— permite liberar volúmenes de mejor calidad para usos sensibles, y reasignar recursos con criterios de prioridad y continuidad operativa.
Diplomacia del agua: suministro a Jordania y proyectos regionales
El agua también opera como componente de acuerdos regionales. Reuters reportó que, en el marco del tratado de paz de 1994, el arreglo consideró un suministro de 50 millones de m³ anuales de agua potable a Jordania, volumen que se duplicó a fines de 2021, mientras ambos países avanzaban en esquemas de cooperación que incluyen energía solar a cambio de agua adicional (reporte de Reuters sobre el Mar de Galilea y el suministro a Jordania).
En la región, la desalación se está consolidando como estrategia estructural: un ejemplo reciente es el caso de un contrato de 26 años para un gran proyecto de desalinización en Jordania, con infraestructura de conducción de largo alcance y foco en abastecimiento urbano.
Qué tecnologías se exportan y por qué importan para países con estrés hídrico
El modelo israelí se asocia a tres líneas tecnológicas replicables: plantas de ósmosis inversa integradas a redes nacionales, reúso de efluentes para riego con estándares de calidad según uso, y eficiencia agrícola mediante sistemas presurizados y riego tecnificado. En Chile, ese vínculo ya aparece en proyectos con participación israelí, como se observa en la nota sobre una desaladora multicarrier israelita en Atacama.
