La intensificación de la guerra con Irán abrió una nueva preocupación en Medio Oriente: la vulnerabilidad del agua potable en los países del Golfo. En una región árida que depende de la desalinización para abastecer a millones de personas, los daños reportados en plantas de Bahrein y en la isla iraní de Qeshm elevaron el temor a que esta infraestructura civil pase a ser un objetivo directo o indirecto del conflicto.
Una región sostenida por agua desalinizada
La dependencia del Golfo de la desalinización es estructural. En Kuwait, cerca del 90 % del agua potable proviene de este sistema; en Omán, alrededor del 86 %; y en Arabia Saudita, cerca del 70 %. Analistas citados en reportes recientes advierten que, sin estas plantas, varias de las principales ciudades de la región no podrían sostener su población actual.
Ese nivel de dependencia explica por qué expertos como Michael Christopher Low, director del Centro de Medio Oriente de la Universidad de Utah, describen a estos países como “reinos de agua salada”. La desalinización permitió el crecimiento de ciudades, industrias y servicios en territorios con escasos ríos y limitadas fuentes de agua dulce, pero también dejó a la región expuesta a una fragilidad crítica.
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La alarma aumentó después de que Bahrein denunciara el domingo daños en una planta desalinizadora atribuidos a un dron iraní, mientras Irán acusó a Estados Unidos de haber golpeado una instalación similar en Qeshm, con afectación para 30 aldeas. Washington negó participación, pero el cruce de acusaciones reforzó el temor a una lógica de represalias sobre infraestructura hídrica.
Para especialistas en seguridad hídrica, un ataque coordinado contra estas instalaciones marcaría una escalada mayor. David Michel, del Center for Strategic and International Studies (CSIS), ha advertido que las plantas del Golfo están expuestas no solo a impactos directos, sino también a daños derivados de ataques a puertos, redes eléctricas y otras instalaciones conectadas.
Precedentes, daños indirectos y ciberataques
El riesgo no es solo teórico. Durante la Guerra del Golfo de 1991, Iraq vertió millones de barriles de petróleo en el Golfo Pérsico, contaminando el agua utilizada por plantas desalinizadoras y obligando a Kuwait a buscar suministro alternativo. En paralelo, reportes recientes mencionan daños en la planta Fujairah F1 en los Emiratos Árabes Unidos y en Doha West, en Kuwait, aparentemente por ataques cercanos o restos de drones interceptados.
A eso se suma la amenaza digital. En 2023, el gobierno de Estados Unidos afirmó que Irán había lanzado ciberataques contra infraestructura hídrica en varios estados del país. En un escenario de guerra, ese antecedente refuerza la preocupación por una interrupción remota del suministro.
Reservas limitadas y consecuencias inmediatas
Los países del Golfo cuentan con reservas estratégicas y recursos financieros para enfrentar emergencias, pero los expertos advierten que eso no elimina el riesgo. En estados más pequeños como Bahrein y Kuwait, donde la dependencia de la desalinización es casi total y el respaldo es menor, una interrupción prolongada podría volverse crítica en poco tiempo.
Los efectos irían desde restricciones al consumo y recortes en actividades de alto uso de agua hasta impactos sobre parte de la actividad económica. En instalaciones que abastecen a grandes centros urbanos como Riad, Abu Dhabi o Dubái, una pérdida sostenida podría tener consecuencias de escala existencial, ya que se trata de complejos de alta tecnología cuyo restablecimiento puede tardar semanas.
Una línea roja para la región
La vulnerabilidad hídrica no es nueva. Un informe de la CIA de 2010 concluyó que una interrupción de la desalinización en el Golfo podía tener consecuencias más graves que la pérdida de cualquier otra industria o producto básico. Con la guerra en curso y el verano acercándose, el temor es que la exposición de esta infraestructura siga aumentando.
En ese contexto, varios especialistas coinciden en que un ataque coordinado contra plantas desalinizadoras cruzaría una línea roja. Low lo comparó con recurrir a un arma nuclear por el impacto político y psicológico que podría desencadenar en toda la región.
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