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Medio Ambiente

Deshielo de la Antártida: 65 cm de posible alza del mar y la señal que inquieta a los científicos

Deshielo de la Antártida dejó de ser un concepto lejano y empezó a aparecer en titulares por una razón concreta: la Antártida Occidental —la más vulnerable—…

Deshielo de la Antártida: 65 cm de posible alza del mar y la señal que inquieta a los científicos

Deshielo de la Antártida dejó de ser un concepto lejano y empezó a aparecer en titulares por una razón concreta: la Antártida Occidental —la más vulnerable— está recibiendo el golpe combinado de océano más cálido y plataformas de hielo debilitadas, justo en zonas donde el hielo “se apoya” sobre roca bajo el nivel del mar. En ese escenario, cualquier aceleración no es solo una noticia científica: es una variable económica para países costeros y exportadores como Chile, donde puertos, carreteras y cadenas logísticas dependen de una franja costera estable. En REDIMIN ya se viene siguiendo esta pista desde distintos ángulos, desde las diferencias en el comportamiento del hielo entre el oeste y el este del continente en un análisis sobre el deshielo en la Antártida Occidental, hasta hallazgos que ayudan a entender por qué el océano es un actor clave. Lo que inquieta hoy a los equipos científicos no es un solo “evento”, sino una secuencia: agua relativamente más cálida llegando bajo el hielo, más fracturas, menos “freno” y, con ello, una dinámica que puede cambiar el ritmo de los próximos años.

Antártida Occidental: el calentamiento que entra por debajo

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La Antártida no se derrite como un cubo de hielo al sol: una parte crítica del problema ocurre desde abajo, cuando corrientes de agua oceánica más templada alcanzan la base de las plataformas de hielo (la “repisa” flotante) y las van adelgazando. Esas plataformas son importantes porque actúan como contrafuerte: frenan el deslizamiento de los glaciares hacia el mar. Cuando se debilitan, el hielo terrestre puede acelerar su flujo y aportar más masa al océano. En ese punto, el foco se traslada a la Antártida Occidental, donde grandes sectores descansan sobre un lecho rocoso bajo el nivel del mar, una geometría que favorece retrocesos difíciles de revertir si se pierde el “anclaje” del hielo. Un ejemplo conocido es el glaciar Thwaites, cuya evolución NASA ha seguido de cerca en estudios y reportes como el de JPL sobre cavidades y derretimiento rápido bajo el glaciar, justamente por la interacción entre hielo y océano. Esta dinámica explica por qué, cuando se habla de “desestabilización masiva”, el concepto no es retórico: es mecánico, y tiene implicancias globales.

El glaciar Thwaites y el umbral de 65 cm que se volvió una referencia

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Thwaites es apodado el “glaciar del Juicio Final” por su potencial impacto en el nivel del mar. La magnitud del riesgo no está en un titular dramático, sino en las cifras y en el rol estructural que cumple: si colapsara por completo, el aporte potencial es del orden de 65 centímetros de aumento del nivel del mar; y, además, su debilitamiento puede afectar glaciares vecinos que hoy se sostienen parcialmente gracias a ese “tapón” de hielo. El punto de referencia de los 65 cm aparece de forma explícita en análisis del British Antarctic Survey sobre el escenario de colapso de Thwaites, que también subraya algo igual de relevante: Thwaites es una pieza “clave” del sistema de la Antártida Occidental, donde el conjunto del manto podría implicar varios metros de aumento del nivel del mar si se pierde en el largo plazo. El debate científico no es si el mar subirá —ya lo hace—, sino cuándo y con qué saltos puede acelerarse el proceso. En la práctica, esa incertidumbre es la que complica decisiones de infraestructura: no basta con promedios, porque el problema aparece cuando los extremos se vuelven más frecuentes.

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El océano Austral como motor: cartografía submarina y mediciones bajo el hielo

La historia no se entiende solo mirando satélites. La topografía del fondo marino y la forma en que circula el agua alrededor del continente ayudan a explicar por qué algunas zonas reciben más calor oceánico que otras. En ese contexto, investigaciones recientes han reforzado que el “mapa” submarino importa: REDIMIN reportó el hallazgo de más de 300 estructuras submarinas y cañones de gran profundidad alrededor de la Antártida, un tipo de información que mejora la comprensión de rutas de circulación y transporte de calor. En paralelo, la observación directa bajo plataformas de hielo —una de las zonas más inaccesibles del planeta— empieza a llenarse con datos de robots y flotadores. Un caso llamativo fue el de un robot que pasó meses bajo el hielo y volvió con mediciones clave, precisamente sobre temperatura y condiciones que pueden acelerar el deshielo basal. La combinación de estas dos líneas (batimetría + mediciones in situ) está afinando modelos que antes dependían demasiado de suposiciones, y eso tiende a reducir la “niebla” sobre escenarios de riesgo.

Qué cambia para Chile: puertos, minería exportadora y costos de adaptación

Para Chile, el deshielo antártico no es una conversación abstracta: es riesgo costero. La minería es intensiva en logística y depende de infraestructura portuaria y vial que, en muchos casos, se ubica en zonas bajas o expuestas a marejadas y temporales. Un aumento sostenido del nivel del mar eleva la línea base sobre la cual operan esos eventos extremos, lo que puede traducirse en más cierres, más daños y mayores costos de mantenimiento. También hay efectos indirectos: cambios en patrones de viento, oleaje y circulación oceánica pueden alterar ventanas operacionales para carga y descarga, afectando cronogramas de exportación y contratos. Y cuando el riesgo se vuelve “medible”, se filtra a seguros, financiamiento e ingeniería: la adaptación deja de ser un tema ambiental y pasa a ser un ítem financiero. En paralelo, la Antártida también está en el centro de discusiones geopolíticas sobre recursos y reglas, algo que REDIMIN abordó cuando se recordó que, bajo el marco vigente, no corresponde hablar de “exploración” habilitada como si fuera un territorio abierto. En resumen: aunque el hielo esté lejos, las decisiones se toman cerca.

Señales a monitorear y acciones concretas para 2026

El desafío es actuar sin caer en alarmas vacías: la clave está en seguir indicadores y traducirlos en decisiones de inversión y resiliencia. Con lo que hoy se sabe sobre el rol del océano y el debilitamiento de plataformas, hay medidas de “sentido operativo” que pueden adelantarse, especialmente en sectores intensivos en infraestructura.

  • Revisión de riesgo costero en activos críticos: puertos, caminos de acceso, subestaciones, plantas desaladoras y bodegas cercanas al litoral, incorporando escenarios de aumento del nivel del mar y marejadas.

  • Planes de continuidad operacional: protocolos de cierre y reapertura, rutas alternativas, stock crítico y coordinación con terminales.

  • Ingeniería de adaptación: elevación de defensas costeras, drenajes, reforzamientos y rediseño de puntos vulnerables, priorizando “cuellos de botella”.

  • Gestión financiera del riesgo: conversación temprana con aseguradoras y bancos sobre supuestos climáticos y exigencias de resiliencia.

  • Vigilancia científica aplicada: seguimiento de evidencias de aceleración y retroceso en Antártida Occidental, y su traducción a riesgos regionales.

La señal de fondo es que el deshielo no avanza “en línea recta”: se mueve por umbrales. Y, cuando aparecen, el costo de reaccionar tarde suele ser mayor. Un antecedente adicional que conecta clima con riesgos geológicos —y que suma otra capa al debate— es el análisis sobre cómo el retroceso de glaciares puede influir en actividad volcánica, recordando que, en sistemas complejos, los efectos se encadenan.

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