Ensayos nucleares: el miércoles 14 de enero de 2026 el mundo cruzó el periodo más largo sin explosiones atómicas desde 1945: 8 años, 4 meses y 11 días sin una prueba nuclear, contando desde la última detonación realizada por Corea del Norte el 3 de septiembre de 2017. La marca, sin embargo, se sostiene en un equilibrio frágil por señales políticas y militares en Washington y Moscú que vuelven a poner la prueba explosiva sobre la mesa, mientras el último gran tratado bilateral que limita arsenales estratégicos se acerca a un punto crítico. Todo el hito y sus riesgos quedaron descritos en el reporte difundido por CNN y publicado por RNZ.
El récord: la mayor pausa desde 1945 y por qué importa
La “racha” supera el intervalo anterior más extenso sin pruebas, que fue desde el 30 de mayo de 1998 (Pakistán) hasta el 3 de octubre de 2006 (primera prueba de Corea del Norte). El dato clave es que, desde el 3 de septiembre de 2017, cada día que pasa sin una detonación nuclear amplía un récord histórico.
Más allá del simbolismo, el récord funciona como una barrera práctica: reduce la probabilidad de una dinámica de acción–reacción entre potencias y limita el incentivo a validar nuevos diseños con explosiones reales, en un escenario donde el lenguaje de disuasión vuelve a endurecerse.

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Décadas de pruebas: el historial que explica el temor a un “reinicio”
Desde la prueba Trinity en 1945, el planeta acumuló más de dos mil ensayos nucleares por parte de ocho países, con Estados Unidos como el mayor ejecutor y la URSS/Rusia en segundo lugar. Ese desglose —incluida la última prueba norcoreana de 2017— está consolidado en el recuento global de pruebas nucleares.
En términos operativos, las pruebas han servido para validar avances en armas o certificar confiabilidad del arsenal existente. Ese argumento reaparece cada vez que una potencia busca demostrar capacidad, enviar señales estratégicas o acelerar modernizaciones.
La señal de alerta: amenazas explícitas y preparativos declarados
En los últimos meses, el foco dejó de estar exclusivamente en Pyongyang y se movió hacia Washington y Moscú. De acuerdo con el mismo reporte citado, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sostuvo en octubre que quería reanudar pruebas “en igualdad de condiciones” con Rusia y China, y afirmó haber instruido preparativos inmediatos. Días después, Vladimir Putin ordenó al ejército ruso comenzar preparativos para pruebas.
En paralelo, se subraya que las potencias cuentan con alternativas técnicas —como pruebas “subcríticas”— que permiten simular procesos sin llegar a una detonación, lo que vuelve más controversial el argumento de necesidad de una explosión real.
New START: el límite de 1.550 ojivas y el escenario posterior al 5 de febrero de 2026
El riesgo de un retorno a ensayos explosivos se cruza con el calendario del New START, el tratado vigente desde 2011 que limita a 1.550 el número de ojivas nucleares desplegables por cada lado. Según el mismo reporte, Trump señaló disposición a dejar expirar el pacto el 5 de febrero de 2026, mientras Rusia mantiene suspendida su participación desde 2023 y se interrumpieron inspecciones recíprocas.
El documento describe además un escenario de incremento rápido de capacidades desplegables: en semanas, Estados Unidos podría sumar cientos de armas en bases de bombarderos; en meses, cargar casi mil ojivas adicionales en submarinos; y en años, añadir cientos más a misiles terrestres, con un margen simétrico para Rusia bajo un entorno sin límites formales ni verificación.
Por qué este debate también impacta a la minería y al negocio energético
Aunque el tema central aquí es seguridad global, la conversación nuclear suele rebotar en variables industriales: combustible, tecnologías y cadenas de suministro asociadas. En ese plano, el uranio vuelve a ganar visibilidad en el debate energético y de inversión, en línea con el repunte del interés por el uranio ligado a la demanda eléctrica de la IA y con la escalada reciente de los precios del uranio.
La discusión tecnológica también se conecta con el despliegue de soluciones como el avance de los pequeños reactores modulares (SMR), mientras el trasfondo geopolítico refuerza el interés por asegurar insumos y capacidades en torno a qué se entiende por minerales estratégicos y por qué importan.

