Minera El Abra: US$7.500 millones y la expansión que puede cambiar el equilibrio del cobre en Antofagasta

Minera El Abra abrió una de las tramitaciones ambientales más relevantes del último tiempo para la minería chilena al ingresar al SEIA su Proyecto de Continuidad Operacional, una iniciativa de gran escala que busca extender la vida útil de la faena por más de 40 años y empujar una transformación productiva completa en la operación. El plan, que ya había sido anticipado en febrero, considera una inversión estimada de US$7.500 millones y marca el paso desde una faena centrada en cátodos hacia un esquema de mayor procesamiento de sulfuros, con planta concentradora, expansión del rajo, depósito de relaves espesados y una transición hídrica basada en agua desalada. Según la información oficial del proyecto, El Abra hoy produce cerca de 100 mil toneladas de cátodos de cobre al año, pero su nueva etapa apunta a sumar sobre 300 mil toneladas anuales adicionales y a sostener una operación de largo plazo en una zona donde el cobre, el agua y la energía ya se cruzan como variables estratégicas.

Un salto productivo que no solo amplía la mina

La magnitud del proyecto no se limita al tamaño de la inversión. La propuesta de El Abra supone una reconfiguración industrial completa, con dos chancadores primarios junto a la mina, una correa transportadora de 25 kilómetros, una planta concentradora con tecnología HPGR y un sistema diseñado para separar concentrados de cobre y molibdeno. La compañía sostiene que esta infraestructura permitirá elevar la escala de producción y sostener la continuidad operacional de una faena que, sin esta expansión, podría operar solo hasta fines de 2029. En el frente corporativo, la propiedad sigue en manos de Freeport-McMoRan con 51% y Codelco con 49%. En paralelo, el ingreso ambiental del proyecto se conecta con una secuencia de hitos previos en la operación, entre ellos la aprobación de Sulfolix, la iniciativa de lixiviación autorizada en 2025, que ayudó a mantener abierta la ruta de continuidad mientras la expansión estructural terminaba de madurar técnica y ambientalmente.

Agua desalada, energía y relaves: el corazón técnico del proyecto

El rasgo más decisivo del megaproyecto está en su arquitectura hídrica y energética. La compañía plantea una planta desaladora al sur de Tocopilla con capacidad para producir 1.975 litros por segundo de agua industrial, junto con un acueducto de 150 kilómetros y 70 kilómetros de líneas de transmisión de 220 kV para abastecer la concentradora, la desaladora y las estaciones de bombeo. El plan también contempla que, tras un período de transición de alrededor de cinco años, se elimine el uso de aguas continentales del Salar de Ascotán, reemplazándolas por agua de mar desalada. Esa definición calza con una tendencia mayor: el consumo de agua en la minería del cobre subiría a 20,6 m³/s al 2034 y el peso del agua de mar crecería con fuerza en Antofagasta. No es casual que la región también concentre señales concretas de ese giro, como cuando Antofagasta pasó a abastecerse 100% con agua desalinizada y como el proceso más amplio en que la desalación dejó de ser una solución marginal para transformarse en infraestructura minera estructural.

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Lo que está en juego para Chile y para Freeport

El ingreso al SEIA abre ahora la etapa más exigente del proyecto: la revisión regulatoria, la discusión técnica sobre impactos, el diálogo territorial y la validación de una inversión que, de aprobarse, podría iniciar su fase ampliada hacia 2033. La empresa estima cuatro años de construcción y una operación con 2.300 trabajadores propios, cifras que dimensionan la apuesta de largo plazo detrás del expediente. Pero el alcance real va más allá del empleo y del capex. El Abra se transforma en una señal concreta sobre cómo las grandes mineras están intentando resolver, al mismo tiempo, tres presiones críticas: sostener producción futura de cobre, reducir dependencia de aguas continentales y adaptar su diseño a estándares ambientales y sociales más altos. En un mercado que sigue demandando cobre para electrificación, redes, almacenamiento y transición energética, este proyecto no solo definirá el próximo ciclo de El Abra. También puede convertirse en una prueba de cómo Chile pretende expandir su oferta minera sin repetir las fórmulas del pasado.

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