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Agujero de ozono antártico registra uno de sus menores niveles en más de dos décadas: el papel clave de los vientos

En 2025, el agujero de ozono en la Antártida mostró una de sus menores extensiones en más de 20 años, gracias a vientos más débiles y a la reducción de sustancias destructoras.

Agujero de ozono antártico registra uno de sus menores niveles en más de dos décadas: el papel clave de los vientos
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La pérdida de ozono sobre la Antártida durante 2025 fue una de las menos severas desde comienzos de la década de 1990. La reducción de sustancias destructoras explica la tendencia de fondo, pero un vórtice polar más débil y temperaturas estratosféricas más altas contribuyeron decisivamente al resultado de ese año.

El agujero de la capa de ozono sobre la Antártida registró en 2025 uno de sus episodios menos severos de las últimas décadas, reforzando las señales de recuperación gradual de esta barrera atmosférica frente a la radiación ultravioleta. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) lo clasificó entre el cuarto y quinto más débil desde que comenzaron a observarse patrones graves de agotamiento en 1992, mientras NASA y NOAA lo situaron como el quinto más pequeño desde ese mismo año.

El resultado, destacado nuevamente por la OMM en septiembre de 2026, no se explica únicamente por la reducción de los químicos que destruyen el ozono. La meteorología sobre la Antártida tuvo un papel importante, especialmente durante agosto de 2025, cuando los vientos que forman el denominado vórtice polar fueron más débiles de lo habitual.

Esa configuración ayudó a mantener temperaturas estratosféricas relativamente elevadas y creó condiciones menos favorables para las reacciones químicas que destruyen ozono durante la primavera austral.

El agujero promedió 18,7 millones de kilómetros cuadrados

NASA y NOAA calcularon que entre el 7 de septiembre y el 13 de octubre de 2025, periodo que concentra la fase más intensa del fenómeno, el agujero presentó una superficie media de aproximadamente 18,71 millones de kilómetros cuadrados.

Aunque continúa siendo una extensión enorme —más del doble del territorio continental de Estados Unidos—, fue considerablemente menor que la observada durante muchos años desde comienzos de la década de 1990.

Su extensión máxima llegó a unos 22,86 millones de kilómetros cuadrados el 9 de septiembre de 2025.

La OMM utilizó además otro indicador para evaluar la intensidad del fenómeno: el déficit de masa de ozono, que mide cuánto ozono falta dentro de la región afectada respecto de condiciones normales.

Ese déficit alcanzó un máximo de 36,7 millones de toneladas el 29 de septiembre, más de 25% por debajo del promedio de 50,1 millones de toneladas registrado durante el periodo 1990-2010.

La temporada también terminó antes de lo observado habitualmente durante los últimos años. El agujero comenzó a desintegrarse aproximadamente tres semanas antes del promedio de la década precedente y terminó cerrándose el 1 de diciembre.

Por qué los vientos pueden hacer crecer o reducir el agujero

Cada invierno se desarrolla sobre la Antártida una enorme circulación de vientos estratosféricos conocida como vórtice polar.

Estos vientos rodean el continente y actúan como una barrera que mantiene atrapado aire extremadamente frío sobre el polo.

Cuando el vórtice es fuerte y estable, el aire queda más aislado del resto de la atmósfera. Las temperaturas pueden caer lo suficiente para formar nubes estratosféricas polares, que tienen un papel fundamental en la destrucción del ozono.

Sobre las partículas de esas nubes ocurren reacciones químicas que transforman compuestos relativamente inactivos de cloro y bromo en formas capaces de destruir ozono.

Cuando la luz solar regresa a la Antártida al final del invierno austral, esas sustancias se activan y comienzan a descomponer rápidamente las moléculas de ozono.

En cambio, un vórtice polar más débil puede permitir una mayor mezcla con aire procedente de latitudes menores y generalmente más cálido.

Eso eleva las temperaturas dentro de la estratosfera polar, reduce las condiciones favorables para la formación de nubes estratosféricas y puede transportar hacia la región polar aire con mayores concentraciones de ozono.

En agosto de 2025, el vórtice fue más débil de lo habitual. NOAA considera que esta situación ayudó a mantener temperaturas superiores al promedio y probablemente contribuyó al menor tamaño observado durante la temporada.

El viento ayudó, pero no explica la tendencia de largo plazo

La influencia de los vientos es importante para entender por qué el tamaño del agujero puede cambiar fuertemente de un año a otro.

No significa, sin embargo, que la recuperación de largo plazo dependa únicamente del clima.

La principal causa histórica del agujero fue la liberación de sustancias fabricadas por el ser humano, particularmente clorofluorocarbonos (CFC) y otros compuestos que contienen cloro y bromo.

Durante décadas fueron empleados en refrigeradores, sistemas de aire acondicionado, aerosoles, espumas y diversas aplicaciones industriales.

Una vez liberados, algunos de esos productos pueden permanecer durante décadas en la atmósfera. Cuando alcanzan la estratosfera, la radiación solar libera átomos de cloro y bromo capaces de destruir repetidamente moléculas de ozono.

El Protocolo de Montreal de 1987 y sus posteriores modificaciones llevaron a la eliminación progresiva de casi 99% de las sustancias controladas que destruyen el ozono.

Como consecuencia, la cantidad de cloro y bromo de origen humano presente en la estratosfera ha comenzado lentamente a disminuir.

La recuperación completa todavía demorará décadas

El resultado de 2025 coincide con la recuperación de largo plazo prevista por los modelos científicos, pero los investigadores advierten que uno o dos años favorables no significan que el agujero haya desaparecido.

Las condiciones meteorológicas pueden producir oscilaciones importantes.

El contraste quedó claro durante los últimos años: entre 2020 y 2023 se observaron agujeros particularmente grandes y persistentes, mientras 2024 y 2025 mostraron episodios menores.

Ese comportamiento es compatible con una recuperación gradual sobre la cual se superpone una fuerte variabilidad anual provocada por temperatura, circulación atmosférica y otros factores.

Si se mantienen las políticas actuales y continúa el cumplimiento del Protocolo de Montreal, las evaluaciones científicas internacionales proyectan que el ozono sobre la Antártida podría regresar aproximadamente a sus niveles de 1980 alrededor de 2066. Para el promedio del resto del planeta, la recuperación se espera antes, hacia 2040.

El dato de 2025 es una señal, no el final del agujero

La temporada de 2025 ofrece así dos señales diferentes que deben separarse.

La primera es estructural: la reducción sostenida de sustancias destructoras de ozono está permitiendo que la estratosfera se recupere gradualmente.

La segunda es meteorológica: durante ese año, vientos menos intensos alrededor de la Antártida generaron condiciones menos favorables para una destrucción extrema del ozono.

Ambos factores actuaron en la misma dirección.

Por eso, el menor agujero observado no puede atribuirse exclusivamente al Protocolo de Montreal ni únicamente a los vientos. La recuperación química está reduciendo progresivamente la capacidad de la atmósfera para destruir ozono, mientras la meteorología determina cuánto de ese potencial se manifiesta cada primavera.

El resultado de 2025 se convierte así en una de las señales más favorables de las últimas décadas, aunque la evolución definitiva solo podrá evaluarse mediante observaciones de largo plazo. La capa de ozono está recuperándose, pero el agujero antártico seguirá apareciendo durante varias décadas y su tamaño continuará variando fuertemente de un año a otro.