La Antártida ya está mostrando un patrón de pérdida de hielo más parecido al de Groenlandia que al de un continente capaz de compensar sus retrocesos con ciclos naturales. Un comentario científico publicado en Nature Geoscience y detallado por Columbia Climate School advierte que el continente perdió 36.700 km² netos de plataformas de hielo entre 1997 y 2021, una merma que ya superó lo que probablemente podría recuperarse mediante el crecimiento y retroceso estacional de los glaciares.
La “groenlandización” ya no es una comparación lejana
El concepto que plantea el trabajo es directo: procesos que durante décadas se asociaron sobre todo a Groenlandia —más derretimiento superficial, retroceso acelerado de glaciares y debilitamiento de plataformas flotantes— están apareciendo con más claridad en la Antártida. Esa señal conversa con dos antecedentes que ya estaban encendiendo alertas: el reciente retroceso de la línea de apoyo antártica y la diferencia histórica entre el deshielo de la Antártida occidental y oriental, que ya mostraban una vulnerabilidad desigual dentro del continente.
Jonathan Kingslake, investigador del Lamont-Doherty Earth Observatory, resumió esa transición así: “Cuando hablas de groenlandización, hablas de la transición de la Antártida desde ese estado… hacia un lugar más parecido a Groenlandia, donde hay mucho derretimiento en la superficie y ya no existen estas plataformas de hielo flotantes”.
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El problema no es solo perder superficie helada. Aproximadamente 75% de la costa antártica está bordeada por plataformas de hielo que actúan como barrera y frenan el flujo de los glaciares continentales hacia el mar. Cuando esas plataformas se adelgazan, se fracturan o colapsan, los glaciares de salida quedan más expuestos y pueden acelerar su avance. La propia NASA ha explicado que ese efecto de “buttressing” o contención reduce la descarga de hielo al océano y, por lo tanto, limita el aumento del nivel del mar.
En esa lógica, la pérdida de plataformas no es un daño periférico: es un cambio estructural en la estabilidad del sistema antártico. El comentario en Nature Geoscience sostiene precisamente que los procesos climáticos y glaciológicos de la Antártida “reflejan cada vez más” los observados antes en Groenlandia, y que entender esa experiencia previa puede mejorar las proyecciones futuras sobre hielo y clima en el polo sur.
Qué midieron los satélites y por qué el dato es sólido
Para comparar la evolución de Groenlandia y la Antártida, los autores recurrieron a la misión GRACE de la NASA, que mide cambios de masa a partir de variaciones del campo gravitatorio terrestre. El sistema funciona con dos satélites gemelos: cuando uno pasa sobre una zona con más masa, cambia levemente su velocidad y la distancia respecto del otro, permitiendo detectar variaciones en hielo, agua y océanos.
Jacqueline Austermann, también del Lamont-Doherty Earth Observatory, lo explicó así: “si uno se acerca primero a una masa grande, queda ligeramente atraído hacia ella, y los satélites miden la distancia entre sí”. Con ese tipo de registros, el equipo concluyó que tanto Groenlandia como la Antártida muestran una pérdida de masa cada vez más acelerada.
Tres señales que explican por qué la alarma subió de nivel
- 36.700 km² netos de plataformas de hielo perdidos entre 1997 y 2021, por encima de lo que probablemente podría recuperarse por ciclos naturales.
- En la bahía del mar de Amundsen, los glaciares Pine Island y Thwaites registraron una aceleración de 50% en el flujo de hielo desde las décadas de 1990 y 2000, respectivamente.
- Incluso la Antártida Oriental, que durante años fue considerada más estable, ya muestra retroceso de la línea de base y adelgazamiento del hielo.
Amundsen, Pine Island y Thwaites concentran la pérdida más rápida
La mayor parte de la pérdida actual se concentra en la Antártida Occidental y en la Península Antártica. Ahí se combinan varios factores de riesgo: aguas relativamente más cálidas alcanzando la base del hielo, geometrías del lecho que favorecen retrocesos sostenidos y plataformas flotantes que han ido perdiendo capacidad de sostén. El sector del mar de Amundsen aparece otra vez como punto crítico, especialmente por la evolución de Pine Island y Thwaites, dos de los glaciares más vigilados del planeta.
La señal es relevante porque la Antártida ya no aparece solo como una gran reserva fría afectada de forma lenta. El patrón que emerge es el de un sistema donde el daño en plataformas flotantes, el retroceso de líneas de apoyo y la aceleración del flujo glaciar empiezan a retroalimentarse.
El doble ataque al hielo: océano cálido abajo, fracturas arriba
El deterioro de las plataformas antárticas ocurre por dos vías simultáneas. Desde abajo, el océano más cálido derrite la base del hielo y genera agua dulce que altera la circulación local. Kingslake lo describió así: “esa agua dulce quiere flotar sobre el agua salada, por lo que tiende a producirse ese movimiento ascendente… que atrae más agua salada cálida”. Ese mecanismo mantiene activo el ciclo de fusión basal.
Desde arriba, aparece la hidrofracturación: el agua de deshielo se acumula en la superficie, aumenta la presión dentro de grietas y acelera la desintegración. Según la revisión del equipo de Ruth Mottram, muchas plataformas ya estaban debilitadas por el derretimiento inferior, pero fueron las fracturas superficiales las que terminaron sellando su colapso.
El punto ciego sigue estando en los modelos
El avance de la observación no elimina las incertidumbres. Kingslake reconoció que “hay muchas cosas que no sabemos realmente cómo modelar, muchos procesos que no sabemos cómo describir con ecuaciones”, y añadió que todavía falta información para escoger “los parámetros adecuados” en las simulaciones. El comentario de Nature Geoscience plantea que mejorar esos modelos exige más datos sobre calentamiento atmosférico, circulación oceánica, desprendimiento de hielo, fusión basal y derretimiento superficial, porque de esa precisión depende anticipar mejor el ritmo del aumento del nivel del mar y la exposición de zonas costeras a inundaciones y marejadas.