
Alphabet —matriz de Google— acaba de salir al mercado con un bono a 100 años (vencimiento en 2126), un plazo inusual incluso para compañías de primera línea. El movimiento se entiende en el contexto de la carrera por infraestructura de inteligencia artificial, donde el gasto en centros de datos y cómputo se está disparando y obliga a diversificar fuentes de financiamiento.
Una emisión “centenaria” que casi no se ve en tecnología
La operación incluyó un tramo en libras esterlinas con vencimiento a 100 años por £1.000 millones, con una tasa de 6,125%, dentro de una colocación mayor en Reino Unido por £5.500 millones; además, Alphabet emitió deuda en francos suizos y se apoyó en una colocación previa en Estados Unidos, en un esquema global que totalizó US$ 31.510 millones en levantamiento de deuda. En el tramo centenario, la demanda habría sido cercana a 10 veces la oferta, según el detalle reportado por Reuters sobre la emisión de Alphabet.
Por qué una empresa como Google elige deuda (y no acciones) para financiarse
Emitir bonos permite obtener recursos sin diluir a los accionistas, algo relevante cuando una compañía prefiere mantener su estructura de propiedad y flexibilidad financiera. En términos prácticos, la deuda también puede servir para:
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Calzar plazos: financiar activos de vida larga (centros de datos, infraestructura eléctrica, servidores) con pasivos de horizonte similar.
Diversificar monedas y mercados: colocar en distintas divisas amplía la base de inversionistas y reduce dependencia de un solo mercado.
Preservar liquidez operativa: mantener caja disponible para inversiones, contingencias o planes de expansión sin depender de una única fuente.
En paralelo, la discusión sobre el “costo” de la IA y la presión que impone sobre la infraestructura ya se refleja en el debate global, donde aumentan las señales de sobreinversión y comparaciones históricas, como se ha abordado en las alertas sobre inversiones récord en inteligencia artificial.
El gatillante: CapEx de IA a escala histórica
Alphabet ya transparentó que espera un salto fuerte en gasto de capital para sostener su expansión de IA. En su guía para 2026, la compañía señaló un rango de CapEx entre US$ 175.000 millones y US$ 185.000 millones, con inversiones que se irían acelerando durante el año, de acuerdo con la transcripción oficial del earnings call de Alphabet. Ese nivel de desembolsos pone en primer plano la necesidad de fondeo de largo plazo, incluso para empresas con acceso privilegiado a capital.
Este giro hacia infraestructura no es abstracto: el cuello de botella energético y físico de la IA —centros de datos, redes, chips, electricidad— ya domina la conversación, y aparece también en el foco que han tomado las inversiones en centros de datos con interés en Chile y la región.
Quién compra un bono a 100 años y qué está pagando realmente
Un bono centenario no está pensado para el inversionista minorista típico. Su demanda se concentra en instituciones que existen —y gestionan obligaciones— a plazos muy largos:
Fondos de pensiones y aseguradoras, que necesitan activos de larga duración para calzar pasivos.
Endowments y fundaciones, con horizontes multigeneracionales.
Gestores que buscan exposición a emisores “grado de inversión” con estabilidad percibida.
El atractivo suele estar en asegurar una tasa por décadas, pero el precio es asumir riesgos que se vuelven más sensibles cuanto más largo es el plazo.
Los riesgos: duración extrema, inflación y cambios de ciclo
En un bono a 100 años, pequeños movimientos en tasas pueden impactar con fuerza el precio de mercado del instrumento. A eso se suma:
Riesgo inflacionario de largo plazo: un siglo concentra múltiples regímenes económicos.
Riesgo tecnológico y regulatorio: el negocio puede seguir existiendo, pero con modelos distintos y marcos regulatorios más estrictos.
Riesgo de “reprecio”: aunque el emisor pague, el inversionista puede enfrentar pérdidas si necesita vender antes del vencimiento.
El episodio refuerza que la carrera por IA está empujando a las tecnológicas hacia un perfil más “industrial” y dependiente de infraestructura, un punto que también se observa en la tensión bursátil entre ganadores y rezagados de esta transición, como se ha seguido en el escrutinio del mercado sobre Alphabet y la IA.
Un espejo para el mercado: deuda larga como herramienta (también en Chile)
Aunque el caso de Alphabet es extremo por plazo, la lógica de financiar inversión de gran escala con instrumentos de deuda tiene paralelos locales. En Chile, emisiones corporativas han sido usadas para sostener programas de inversión y modernización, como se vio en la colocación de bonos de Codelco para financiar proyectos, con estructuras pensadas para plazos y condiciones del ciclo.
La novedad del caso Google no es solo que haya deuda: es el mensaje de horizonte —hasta 2126— en una industria donde, históricamente, pocos se atreven a prometer permanencia por un siglo.






