Revisa el tiempo en las faenas mineras de Chile
Descubre

El volcán conocido como la Boca del Infierno tiene dos reservorios de magma activos, revela nuevo estudio

Un estudio revela que el volcán Masaya, en Nicaragua, alberga dos reservorios de magma activos a distintas profundidades, lo que podría influir en la actividad volcánica y los riesgos para las comunidades cercanas.

El volcán conocido como la Boca del Infierno tiene dos reservorios de magma activos, revela nuevo estudio
Seguir en Google

Investigadores de la Universidad Estatal de Pensilvania identificaron dos depósitos magmáticos a distintas profundidades bajo el volcán Masaya, en Nicaragua. Las mediciones satelitales revelaron que uno comenzó a recuperar volumen desde 2022, mientras otro continuaba desinflándose, un comportamiento que permite comprender mejor su actividad y los riesgos para las comunidades cercanas.

Un equipo de científicos de la Universidad Estatal de Pensilvania, Estados Unidos, identificó evidencias de dos reservorios de magma activos bajo el volcán Masaya, situado aproximadamente 20 kilómetros al sureste de Managua, Nicaragua. La investigación, publicada en julio de 2026 en la revista Geophysical Research Letters y difundida por la universidad en octubre, permitió establecer que ambos depósitos presentan comportamientos diferentes: uno se encuentra a unos 3.200 metros de profundidad y comenzó a expandirse nuevamente desde 2022, mientras que otro, ubicado apenas 200 metros bajo el cráter Santiago, mantuvo señales de contracción.

El descubrimiento fue posible mediante el análisis de imágenes de radar obtenidas por los satélites Sentinel-1 entre enero de 2018 y febrero de 2024, complementadas con observaciones posteriores.

El volcán Masaya, conocido históricamente como la Boca del Infierno, es uno de los sistemas volcánicos más activos de Nicaragua. Su proximidad a zonas densamente pobladas convierte el estudio de sus movimientos internos en un asunto relevante para la prevención de riesgos naturales.

Aunque los resultados sugieren una nueva entrada de magma hacia el reservorio profundo, los investigadores aclararon que las observaciones no permiten afirmar que exista una erupción inminente.

Dos depósitos de magma a 200 y 3.200 metros de profundidad

El estudio, encabezado por la investigadora Lizzie Johnson, junto con Young Cheol Kim y Christelle Wauthier, identificó dos zonas de almacenamiento magmático que responden de manera diferente a los cambios de presión y al movimiento de material fundido.

El primer depósito, denominado Reservorio Central de Masaya, se encuentra aproximadamente a 3,2 kilómetros bajo la superficie, cerca del centro de la caldera y unos tres kilómetros al norte del cráter Santiago.

El segundo reservorio está situado mucho más cerca de la superficie, a unos 200 metros de profundidad, directamente bajo el cráter activo.

Esta distribución sugiere que el volcán posee un sistema de alimentación compuesto por diferentes niveles, en lugar de depender de una única cámara magmática.

Los científicos utilizaron modelos geofísicos para estimar la ubicación y los cambios de volumen de ambos depósitos.

Los resultados muestran que el reservorio profundo y el superficial pueden evolucionar de manera independiente durante determinados períodos.

Este comportamiento resulta importante porque una observación concentrada exclusivamente en el cráter podría no detectar cambios relevantes que estén ocurriendo a mayor profundidad.

El suelo se hundió y después comenzó a elevarse

Uno de los hallazgos más relevantes está relacionado con los movimientos registrados sobre el reservorio profundo.

Entre 2018 y mediados de 2022, los satélites detectaron un desplazamiento de aproximadamente tres centímetros en la línea de visión del radar, consistente con un proceso de hundimiento o desinflamiento de la zona central de la caldera.

Los modelos interpretan este fenómeno como una disminución del volumen del reservorio magmático.

Durante ese período, el depósito habría experimentado una reducción estimada de 1,3 millones de metros cúbicos.

Sin embargo, a mediados de 2022 comenzó a observarse una tendencia contraria.

La superficie empezó a moverse nuevamente hacia el satélite, con desplazamientos aproximados de cuatro milímetros anuales.

Esta señal fue interpretada como una expansión del reservorio profundo, posiblemente causada por una nueva alimentación de magma desde niveles inferiores.

Entre 2022 y febrero de 2024, el modelo calculó un incremento de volumen de aproximadamente 450.000 metros cúbicos.

Los investigadores también extendieron parte de sus análisis hasta abril de 2026 y estimaron una expansión adicional cercana a 1,6 millones de metros cúbicos.

Estas cantidades corresponden a variaciones de volumen obtenidas mediante modelos de deformación y no deben confundirse con mediciones directas de magma acumulado dentro de una cavidad subterránea.

El segundo reservorio continuó perdiendo volumen

Mientras el reservorio profundo comenzó a mostrar señales de expansión, la zona situada bajo el cráter Santiago mantuvo una tendencia diferente.

Las observaciones identificaron deformaciones consistentes con una contracción continua del sistema superficial entre 2018 y 2024.

Los modelos estimaron que este segundo reservorio experimentó una disminución de volumen cercana a 4.000 metros cúbicos entre 2018 y 2022, seguida de otra reducción aproximada de 6.000 metros cúbicos durante el período posterior.

Esta diferencia constituye una de las principales contribuciones del estudio.

El sistema profundo habría comenzado a recibir nuevo material, mientras el depósito más cercano a la superficie continuaba desinflándose.

Una explicación posible es que el suministro hacia el reservorio superficial disminuyera, incluso cuando el depósito central recuperaba presión.

Los investigadores relacionan este comportamiento con la evolución del lago de lava que existió en el cráter Santiago durante varios años.

La actividad del lago se intensificó después de 2015, pero su emisión térmica comenzó a disminuir posteriormente.

En marzo de 2024, un derrumbe cubrió el lago de lava visible, modificando las condiciones superficiales del cráter.

El nuevo estudio aporta elementos para investigar si estos cambios estuvieron relacionados con modificaciones en la circulación interna del magma.

Cómo los satélites permiten estudiar el interior de un volcán

Para reconstruir la actividad subterránea, los investigadores utilizaron una técnica denominada interferometría de radar de apertura sintética (InSAR).

Este procedimiento permite comparar imágenes de radar obtenidas desde el espacio en diferentes fechas y detectar pequeñas variaciones en la distancia entre el satélite y la superficie terrestre.

Al analizar numerosas observaciones, los científicos pueden identificar sectores que se elevan, descienden o experimentan deformaciones relacionadas con procesos geológicos.

En el caso de Masaya, las imágenes de Sentinel-1 permitieron reconstruir varios años de movimiento superficial.

Una ventaja importante del radar es que puede atravesar las nubes, una característica especialmente útil en regiones tropicales donde la nubosidad dificulta las observaciones ópticas.

Los investigadores combinaron estas mediciones con modelos matemáticos que simulan cómo se deforma el terreno cuando una fuente subterránea aumenta o reduce su volumen.

De esta manera pudieron estimar la ubicación, profundidad y evolución de los dos reservorios.

Sin embargo, los satélites no fotografiaron directamente las cámaras de magma. Su existencia y comportamiento se infieren a partir de las deformaciones observadas y de su compatibilidad con los modelos geofísicos.

Los resultados también amplían investigaciones anteriores que ya habían propuesto la existencia de depósitos magmáticos a distintas profundidades bajo el volcán.

Por qué Masaya es conocido como la Boca del Infierno

El volcán Masaya forma parte del arco volcánico centroamericano, una región originada por la interacción de placas tectónicas.

Su actividad está relacionada con el proceso de subducción mediante el cual la placa de Cocos se introduce bajo la placa del Caribe, favoreciendo la generación de magma.

A diferencia de los volcanes caracterizados por grandes conos aislados, Masaya presenta un complejo sistema de calderas, conos y cráteres.

Su denominación histórica como Boca del Infierno se remonta a las descripciones de religiosos españoles del siglo XVI, impresionados por las emisiones de gases y la actividad visible en su interior.

El volcán ha experimentado erupciones explosivas importantes durante su historia geológica.

El estudio recuerda que produjo depósitos asociados a grandes episodios eruptivos hace aproximadamente 30.000 y 6.500 años.

La última gran colada de lava ocurrió en 1772, aunque posteriormente se han registrado episodios de menor magnitud.

En abril de 2001, una explosión expulsó fragmentos de roca hacia sectores cercanos al cráter, dañando vehículos e infraestructura turística.

Su actividad reciente se ha caracterizado principalmente por emisiones de gases, explosiones menores y la presencia intermitente de un lago de lava.

Dos millones de personas viven cerca del volcán

La importancia de comprender el funcionamiento interno de Masaya está estrechamente relacionada con su ubicación.

La investigación estima que alrededor de dos millones de personas viven dentro de un radio de aproximadamente 20 kilómetros del sistema volcánico, en una región próxima a Managua y otros centros poblados.

Además, la caldera forma parte del Parque Nacional Volcán Masaya, un espacio turístico conocido por permitir la observación de la actividad volcánica.

Uno de los riesgos permanentes está asociado con las emisiones de dióxido de azufre, gas que puede alcanzar concentraciones perjudiciales para la salud humana.

Los cambios en la presión de los reservorios también pueden influir en la circulación del magma, la liberación de gases y la ocurrencia de episodios eruptivos.

No obstante, identificar un reservorio en expansión no significa que necesariamente se producirá una erupción.

El comportamiento volcánico depende de múltiples factores, entre ellos la presión interna, la composición del magma, la cantidad de gases disueltos y la conectividad de los conductos hacia la superficie.

Por esta razón, la vigilancia debe combinar datos satelitales con registros sísmicos, mediciones de gases, observaciones térmicas y deformación del terreno.

El estudio no constituye una alerta eruptiva ni reemplaza las evaluaciones de los organismos nacionales responsables del monitoreo volcánico.

Un sistema similar al del volcán Kilauea, en Hawái

Los investigadores identificaron similitudes entre el funcionamiento interno de Masaya y el sistema magmático del volcán Kilauea, ubicado en Hawái.

Ambos son volcanes basálticos que han presentado lagos de lava y poseen evidencias de reservorios superficiales conectados con fuentes magmáticas más profundas.

En estos sistemas, el magma puede desplazarse entre diferentes niveles antes de alcanzar la superficie.

Comprender estas conexiones permite interpretar mejor los períodos de expansión, contracción y actividad eruptiva.

La investigación también plantea que el seguimiento prolongado de la deformación superficial puede proporcionar señales útiles para reconocer modificaciones en el suministro magmático.

El objetivo de los próximos estudios será establecer con mayor precisión cómo se relacionan los dos reservorios identificados y bajo qué condiciones el magma puede desplazarse desde el depósito profundo hacia el cráter.

Para ello será necesario continuar recopilando datos geodésicos, sísmicos y geoquímicos.

Los científicos consideran que esta información permitirá mejorar la evaluación de amenazas, especialmente en volcanes donde el comportamiento superficial no refleja necesariamente todos los procesos que ocurren en profundidad.

El principal aporte del estudio es demostrar que dos reservorios de magma pueden experimentar cambios diferentes bajo un mismo volcán. En Masaya, el depósito profundo comenzó a expandirse mientras el superficial seguía contrayéndose, una combinación que revela un sistema magmático más complejo de lo que sugieren las observaciones del cráter y que refuerza la necesidad de mantener una vigilancia científica continua.

REDIMIN Responde

¿Qué descubrieron los investigadores bajo el volcán Masaya?

Los investigadores identificaron dos depósitos magmáticos a distintas profundidades bajo el volcán Masaya. Uno de los depósitos se encuentra a 3.200 metros de profundidad y comenzó a expandirse desde 2022, mientras que el otro está a 200 metros bajo el cráter Santiago y ha continuado desinflándose.

¿Cómo se realizó el estudio del volcán Masaya?

El estudio se realizó utilizando imágenes de radar obtenidas por los satélites Sentinel-1 entre enero de 2018 y febrero de 2024. Los investigadores emplearon la técnica de interferometría de radar de apertura sintética (InSAR) para detectar variaciones en la distancia entre el satélite y la superficie terrestre, lo que permitió estimar la ubicación y cambios de volumen de los depósitos magmáticos.

¿Qué cambios se observaron en el reservorio profundo del volcán Masaya?

Entre 2018 y mediados de 2022, el reservorio profundo experimentó un hundimiento con una reducción de volumen estimada de 1,3 millones de metros cúbicos. Sin embargo, desde mediados de 2022 hasta abril de 2026, se observó una expansión con un incremento de volumen cercano a 1,6 millones de metros cúbicos.

¿Qué comportamiento presentó el reservorio superficial bajo el cráter Santiago?

El reservorio superficial bajo el cráter Santiago continuó perdiendo volumen entre 2018 y 2024. Se estimó una disminución de volumen de aproximadamente 4.000 metros cúbicos entre 2018 y 2022, seguida de otra reducción de 6.000 metros cúbicos en el período posterior.

¿Qué técnica se utilizó para estudiar las deformaciones del volcán Masaya?

Se utilizó la técnica de interferometría de radar de apertura sintética (InSAR) para estudiar las deformaciones del volcán Masaya. Esta técnica permite detectar pequeñas variaciones en la distancia entre el satélite y la superficie terrestre, lo que ayuda a identificar sectores que se elevan, descienden o experimentan deformaciones relacionadas con procesos geológicos.