En lo alto de los Andes del sudeste de Perú, en la Región de Puno, La Rinconada se ha convertido en sinónimo de altura límite. Diversas referencias la sitúan en torno a los 5.100 metros sobre el nivel del mar y describen una población fluctuante —decenas de miles de habitantes— marcada por la migración asociada al oro.
Sin embargo, la idea de “la ciudad más alta del mundo” depende de cómo se defina “ciudad” (estatus administrativo, tamaño, continuidad urbana) y de qué mediciones se consideren (altitud promedio, punto central o perímetro). Por eso, más que una etiqueta definitiva, La Rinconada opera como un caso emblemático: un asentamiento permanente en condiciones extremas, donde el clima, la hipoxia y la precariedad de servicios modelan la vida cotidiana.
Oro, informalidad y una economía de riesgo
El motor que sostiene a la localidad es la minería aurífera. El auge del precio del metal en distintos ciclos de mercado ha actuado como imán para trabajadores que buscan ingresos rápidos, en un entorno donde la informalidad y la rotación laboral tienden a debilitar estándares de seguridad, fiscalización y protección social.
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En términos estratégicos, este tipo de enclaves tensiona una discusión global: la de las materias primas “críticas” y su trazabilidad. Aunque el oro no es el insumo central de baterías como el litio o el cobre, sí es un termómetro de los flujos de refugio y de la confianza en el sistema financiero. En esa lógica, la frase clave objetiva —transición energética— se cruza aquí desde un ángulo incómodo: el de las cadenas de suministro que exigen estándares ambientales y laborales verificables, incluso cuando los precios empujan lo contrario.
El costo ambiental y sanitario del boom aurífero
La extracción y el beneficio del oro suelen arrastrar pasivos ambientales relevantes, particularmente por el uso y liberación de metales pesados y sustancias asociadas a procesos de recuperación. En la cuenca altoandina, la evidencia científica ha documentado riesgos de contaminación por elementos tóxicos en cursos de agua vinculados a zonas mineras, con impactos potenciales sobre ecosistemas y salud. En paralelo, reportes sobre minería aurífera en Perú han puesto el foco en la problemática del mercurio y su huella persistente, un factor que alimenta la preocupación sanitaria en territorios con baja capacidad institucional.
Qué está realmente en juego
En La Rinconada, el “récord” de altitud termina siendo lo menos decisivo. El núcleo del problema es otro: cómo compatibilizar actividad económica, seguridad laboral, control ambiental y presencia del Estado en un territorio donde la geografía extrema multiplica costos y reduce alternativas. Mientras eso no ocurra, la ciudad seguirá funcionando como vitrina de un dilema mayor: riqueza mineral arriba, fragilidad social abajo.

