El país andino registró una caída interanual de 11,2% en el penúltimo mes de 2025, aunque mantiene un leve crecimiento en el acumulado del año. El desafío ya no es el precio, sino la falta de nuevos proyectos y el agotamiento de las grandes minas.
La producción de cobre de Perú —tercer mayor productor mundial del metal rojo— anotó en noviembre de 2025 un retroceso significativo, al totalizar 216.152 toneladas métricas, lo que representa una caída de 11,2% en comparación con igual mes del año anterior, según informó el Ministerio de Energía y Minas (MINEM) en su reporte preliminar mensual.
El desempeño de noviembre contrasta con el balance acumulado del año. Entre enero y noviembre, la producción alcanzó 2.512.740 toneladas, un aumento de 1,6% respecto del mismo período de 2024. Sin embargo, esta cifra confirma una tendencia que se viene consolidando en los últimos ejercicios: el cobre peruano crece a un ritmo marginal y se mantiene prácticamente estancado desde 2023.
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Meta oficial y señales de fatiga productiva
Las proyecciones oficiales del sector apuntan a una producción cercana a los 2,8 millones de toneladas en 2025, por encima de las 2,74 millones registradas en 2024. No obstante, los datos mensuales revelan que alcanzar esa meta dependerá más de la estabilidad operativa que de un verdadero impulso estructural. La industria enfrenta hoy un conjunto de factores que limitan su expansión, entre ellos la ausencia de nuevos proyectos de gran escala y la progresiva caída en las leyes de mineral en yacimientos maduros.
Este escenario resulta especialmente relevante en un contexto internacional marcado por precios elevados del cobre y una demanda estructural al alza, impulsada por la transición energética, la electrificación del transporte y la expansión de centros de datos. En otras palabras, el problema de Perú no es de mercado, sino de capacidad productiva.
Falta de proyectos y señales de alerta
Analistas del sector coinciden en que la minería peruana atraviesa una fase de “producción plana”, donde las grandes operaciones existentes compensan con eficiencia operativa el agotamiento natural de sus recursos, pero sin lograr un salto cuantitativo. La demora en la aprobación de nuevos proyectos, los conflictos sociales recurrentes y la incertidumbre regulatoria han ido postergando decisiones de inversión que hoy pasan la cuenta.
El retroceso de noviembre, aunque puntual, funciona como una señal de alerta. En un mercado global que anticipa déficits de cobre hacia la próxima década, la incapacidad de crecer de manera sostenida podría restar protagonismo a Perú frente a otras jurisdicciones que sí logren destrabar carteras de inversión.
Un contraste regional inevitable
La evolución de la producción peruana se observa con atención en la región, particularmente en Chile, donde también se discute la necesidad de asegurar continuidad operacional y acelerar proyectos estructurales. Ambos países concentran una parte relevante de la oferta mundial y enfrentan desafíos similares: minas más profundas, mineralogías complejas y mayores exigencias ambientales y sociales.
Así, la caída de noviembre no altera el balance anual, pero refuerza una conclusión clave: sin nuevos proyectos y sin mayor certeza para la inversión, el cobre peruano corre el riesgo de quedar atrapado en una meseta productiva, incluso en medio de uno de los ciclos de precios más favorables de los últimos años.









