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Así se convierte una roca extraída en Chile en cobre de 99,99% de pureza

El proceso de transformación del cobre en Chile es complejo, comenzando con la extracción de rocas y culminando en cátodos de alta pureza tras múltiples etapas de separación y refinación.

Así se convierte una roca extraída en Chile en cobre de 99,99% de pureza
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El cobre que sale de una mina no se parece al metal brillante de un cable eléctrico. Está atrapado dentro de millones de toneladas de roca y necesita atravesar trituración, química, fuego o electricidad antes de transformarse en un cátodo casi puro.

Una roca recién extraída de una mina chilena puede contener cobre y, aun así, resultar imposible distinguirlo a simple vista. El metal está incorporado en minerales que forman parte de una masa mucho mayor de roca: si un mineral tuviera una ley de 1% de cobre, por ejemplo, una tonelada contendría teóricamente apenas 10 kilos del metal antes de considerar las pérdidas del proceso.

La minería del cobre consiste, en buena medida, en resolver ese enorme problema de separación. Hay que encontrar esos kilos dispersos, liberarlos de la roca, concentrarlos y finalmente eliminar impurezas hasta obtener un producto que puede alcanzar 99,99% de pureza.

En Chile ese viaje sigue principalmente dos grandes rutas. Los minerales sulfurados pasan por concentración, fundición y eventualmente electrorefinación; muchos minerales oxidados pueden recorrer un camino completamente diferente mediante lixiviación, extracción por solventes y electroobtención. Ambos pueden terminar produciendo prácticamente el mismo rectángulo rojizo que se comercializa internacionalmente como cátodo de cobre.

Primero hay que destruir la roca

Todo comienza mucho antes de la planta. Geólogos y sistemas de control de leyes determinan qué material tiene características para ser procesado y qué roca corresponde a estéril. Después de la perforación y tronadura, palas de gran capacidad cargan el mineral fragmentado en camiones o sistemas de transporte que lo llevan hacia el chancado.

El problema es que el cobre todavía permanece encerrado físicamente dentro de la roca. Por eso aparecen los chancadores: enormes máquinas cuya función es reducir progresivamente fragmentos que pueden medir decenas de centímetros hasta tamaños que puedan ingresar eficientemente a las etapas siguientes.

Después viene la molienda. Molinos SAG y molinos de bolas utilizan energía mecánica para continuar reduciendo el mineral hasta convertirlo en partículas muy pequeñas mezcladas con agua. El objetivo no es pulverizar por pulverizar, sino alcanzar un grado adecuado de liberación mineralógica: separar físicamente los minerales que contienen cobre de aquellos que no tienen valor económico.

Es una diferencia microscópica con consecuencias gigantescas. Una partícula que todavía mantiene unidos un sulfuro de cobre y minerales de ganga puede terminar perdiéndose en el proceso; una partícula correctamente liberada tiene muchas más posibilidades de ser recuperada.

Burbujas capaces de seleccionar cobre

Cuando el mineral corresponde principalmente a sulfuros, comienza una de las etapas más sorprendentes del proceso: la flotación.

La roca molida forma una pulpa de mineral y agua a la que se incorporan reactivos capaces de modificar el comportamiento superficial de determinadas partículas. Luego se introduce aire en enormes celdas de flotación. Los minerales de interés pueden adherirse a las burbujas, ascender y acumularse en una espuma que es retirada desde la superficie.

Mientras una fracción relativamente pequeña de la alimentación se transforma en concentrado, gran parte del resto continúa como relave. Esto explica por qué la gestión de relaves es una infraestructura fundamental en cualquier gran concentradora: para recuperar cobre desde minerales de baja ley es necesario procesar volúmenes de roca muchísimo mayores que la cantidad final de metal producido.

El cambio de concentración durante esta etapa es enorme. Un mineral que originalmente puede contener alrededor de 1% de cobre —o incluso menos, dependiendo del yacimiento— puede convertirse después de la flotación en un concentrado que normalmente contiene aproximadamente entre 25% y 35% de cobre.

Todavía está muy lejos del 99,99%.

Pero por primera vez en el proceso, gran parte de la roca que acompañaba al cobre ha quedado atrás.

Del concentrado a un metal de más de 99%

El concentrado obtenido mediante flotación contiene cobre, pero también hierro, azufre y otros componentes. Para avanzar hacia un metal de mayor pureza entra en escena la pirometalurgia: procesos que utilizan altas temperaturas para separar químicamente los elementos.

En una fundición, el concentrado es secado y sometido a temperaturas que pueden superar ampliamente los 1.200 °C. A través de distintas etapas de fusión y conversión se elimina una parte importante del hierro y del azufre, mientras el cobre se concentra progresivamente.

No se trata simplemente de derretir una roca hasta que aparezca cobre líquido. Dentro de los hornos ocurren reacciones químicas cuidadosamente controladas, se forman escorias que capturan determinadas impurezas y gases ricos en dióxido de azufre que deben ser tratados.

Al finalizar la secuencia de fundición y refinación a fuego es posible obtener cobre con una pureza superior al 99%, que puede moldearse en grandes placas conocidas como ánodos.

Para numerosos materiales esa pureza sería extraordinaria. Para ciertas aplicaciones del cobre, todavía no es suficiente.

Entonces comienza una etapa donde el protagonista deja de ser el fuego y pasa a ser la electricidad.

Una piscina donde el cobre cambia de placa

La electrorefinación parece, a primera vista, mucho menos violenta que una fundición. Grandes placas de cobre impuro se suspenden dentro de celdas que contienen una solución electrolítica y se alternan con superficies donde se depositará el cobre refinado.

Al aplicar corriente continua ocurre algo extraordinario a escala atómica. Los átomos de cobre del ánodo pierden electrones, pasan a la solución como iones y posteriormente vuelven a convertirse en cobre metálico sobre el cátodo.

En términos simples, el cobre abandona una placa impura y se reconstruye sobre otra mucho más pura.

Las impurezas no se comportan todas de la misma manera. Algunas permanecen disueltas en el electrolito y otras pueden acumularse en los llamados barros anódicos. Estos últimos tienen especial interés porque pueden contener metales valiosos asociados al mineral original.

Cuando el ciclo termina, las placas que se retiran de las celdas pueden alcanzar 99,99% de cobre. Ya no estamos frente a una roca mineralizada ni a una espuma de flotación ni a un concentrado oscuro: ahora existe un metal de alta pureza preparado para convertirse posteriormente en alambrón, cables, tubos, láminas, componentes eléctricos y una enorme variedad de productos industriales.

Hay cobre chileno que nunca necesita pasar por una fundición

Sin embargo, no toda roca cuprífera sigue ese camino.

En numerosos depósitos del norte de Chile existen minerales oxidados de cobre que pueden procesarse mediante una ruta hidrometalúrgica. Aquí la separación no depende inicialmente de burbujas ni de hornos, sino de lograr que el cobre pase desde la roca hacia una solución líquida.

El mineral triturado puede disponerse en grandes pilas de lixiviación. Sobre ellas circula una solución ácida que percola lentamente entre las partículas y disuelve especies de cobre. El resultado es una solución que contiene el metal en forma iónica.

Pero todavía existe un problema: esa solución también puede contener otros elementos y la concentración de cobre necesita ser preparada para la etapa siguiente.

Ahí aparece la extracción por solventes, conocida habitualmente como SX. Utilizando una fase orgánica con moléculas capaces de captar selectivamente el cobre, el proceso permite purificar y concentrar el metal antes de transferirlo nuevamente hacia una solución acuosa adecuada para la electroobtención.

La electricidad convierte una solución azul en una placa de metal

La electroobtención —EW por electrowinning— vuelve a utilizar electricidad, aunque su punto de partida es diferente al de la electrorefinación. Aquí no existe necesariamente un ánodo de cobre impuro que deba purificarse: el cobre ya está disuelto en el electrolito proveniente del circuito hidrometalúrgico.

La corriente eléctrica fuerza a los iones de cobre de la solución a depositarse como metal sobre placas dentro de las celdas. Capa después de capa, el cobre crece hasta formar láminas suficientemente gruesas para ser retiradas mediante sistemas mecanizados.

El resultado también puede ser un cátodo de 99,99% de pureza.

Así, dos rocas extraídas incluso dentro de una misma región pueden recorrer historias industriales completamente diferentes. Una podría ser chancada, molida, flotada, fundida y electrorefinada. Otra podría ser chancada, lixiviada, sometida a extracción por solventes y finalmente electroobtenida.

La mineralogía decide buena parte del camino.

Para obtener una tonelada de cobre hay que mover mucho más que una tonelada

La escala aparece con claridad al hacer un ejercicio sencillo. Si una tonelada de mineral tuviera exactamente 0,5% de cobre, contendría cinco kilos de cobre antes del procesamiento. Incluso suponiendo una recuperación imposible del 100%, serían necesarias 200 toneladas de ese mineral para reunir una tonelada de cobre.

En una mina real existen pérdidas metalúrgicas y variaciones de ley, por lo que la relación efectiva dependerá de las características del yacimiento y de cada planta. Además, antes de procesar el mineral puede ser necesario remover enormes cantidades de material estéril para acceder a él.

Esta es una de las razones por las que la minería del cobre necesita chancadores gigantes, molinos de decenas de megavatios, kilómetros de correas, tuberías, espesadores, plantas desaladoras, depósitos de relaves, fundiciones y redes eléctricas de gran escala.

El cátodo es relativamente pequeño. La infraestructura necesaria para producirlo no lo es.

El desafío chileno está en recuperar cada vez mejor el cobre

A medida que los grandes yacimientos envejecen, la industria debe procesar minerales cada vez más complejos en distintas operaciones y obtener valor de recursos que anteriormente podían resultar poco atractivos. Esto aumenta la importancia de conocer con extraordinario detalle la mineralogía antes de decidir cómo tratar una roca.

Sensores en línea, modelos metalúrgicos, inteligencia artificial, clasificación de mineral, molienda más eficiente y nuevas tecnologías de lixiviación buscan precisamente mejorar esa ecuación. Una diferencia pequeña en recuperación puede representar cantidades importantes de cobre cuando una planta procesa decenas de millones de toneladas durante años.

También existe un fuerte incentivo por reducir agua y energía por tonelada procesada. La molienda es particularmente intensiva en electricidad, mientras las operaciones del norte chileno han debido desarrollar grandes sistemas de recirculación y aumentar el uso de agua de mar y desalada.

El futuro de la metalurgia del cobre probablemente combinará procesos conocidos desde hace décadas con tecnologías capaces de recuperar mineral que hoy termina en relaves, tratar sulfuros mediante nuevas alternativas hidrometalúrgicas y controlar las plantas en tiempo real a partir de millones de datos operacionales.

De una roca del desierto a un conductor eléctrico

Cuando un cátodo sale de una planta, el viaje todavía no termina. El metal puede volver a fundirse y transformarse en alambrón, conductores, barras, tubos o componentes especializados antes de aparecer dentro de motores, transformadores, redes eléctricas, viviendas, centros de datos o vehículos.

Pero el cambio esencial ya ocurrió.

Lo que comenzó como partículas microscópicas repartidas dentro de una roca terminó convertido en una placa compuesta prácticamente por un solo elemento químico. Entre ambos extremos hubo geología, explosivos, trituración, molienda, burbujas, reactivos, enormes hornos o soluciones ácidas y finalmente electricidad.

Esa transformación explica una de las grandes paradojas de la minería chilena: para producir cobre extremadamente puro es necesario comenzar procesando una cantidad inmensamente mayor de material que no es cobre.

Y es precisamente la capacidad de separar uno del otro, a escala de millones de toneladas, la que hace posible que una roca extraída de la Cordillera de los Andes o del Desierto de Atacama termine convertida en uno de los metales fundamentales de la economía moderna.