
LONDRES.— La industria minera global observa con atención un movimiento que podría redefinir su mapa de poder. Rio Tinto y Glencore confirmaron conversaciones preliminares para una eventual fusión, en lo que analistas y actores del mercado califican como el intento más serio hasta ahora por crear la mayor minera del mundo, con un valor combinado que superaría los US$ 200.000 millones.
Aunque las negociaciones aún se encuentran en una fase temprana, fuentes cercanas al proceso señalan que esta vez confluyen factores estratégicos y personales que no habían coincidido en rondas anteriores. En el centro del análisis está el cambio de perfil productivo que vive la industria: el cobre gana protagonismo frente a un hierro cuyo horizonte luce más débil, especialmente por la desaceleración inmobiliaria en China y la futura entrada de nueva oferta desde África.
El cobre como motor estratégico
Para Rio Tinto, el interés en Glencore responde a una necesidad estructural. Pese a su diversificación en aluminio, litio y cobre, más de la mitad de sus utilidades recientes provienen del hierro, un metal con perspectivas de mediano plazo menos auspiciosas. En contraste, el cobre se consolida como el insumo clave de la electrificación, la transición energética y la digitalización.
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Glencore, bajo el liderazgo de su CEO Gary Nagle, ha puesto énfasis en su cartera de proyectos cupríferos en Argentina, Perú y la República Democrática del Congo, activos que resultan altamente atractivos para una compañía que busca reposicionarse frente al auge del metal rojo.
Cambio de liderazgo y mayor pragmatismo
Uno de los elementos que destrabó las conversaciones fue el relevo en la cúpula de Rio Tinto. Tras la salida de Jakob Stausholm, asumió Simon Trott, ejecutivo con larga trayectoria interna y mayor afinidad con la cultura operativa del sector. Este cambio habría facilitado una mayor disposición a negociar tanto el control de la futura compañía como el pago de una prima por adquisición, un punto que frustró las tratativas de 2024.
En aquella ocasión, Glencore aspiraba a que sus accionistas retuvieran cerca del 40% de la firma combinada, lo que implicaba una prima superior al 25% respecto de los precios bursátiles previos. Hoy, ambas partes parecen más abiertas a fórmulas intermedias, incluyendo una conducción liderada por Rio Tinto, dada su mayor escala.
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Carbón, reguladores y complejidad política
Persisten, sin embargo, obstáculos relevantes. El negocio del carbón de Glencore sigue siendo un foco de inquietud para inversionistas institucionales de Rio, aunque el mercado ha moderado su rechazo a estos activos en el actual contexto energético. A ello se suma la complejidad regulatoria: una operación de este tamaño requeriría la aprobación de autoridades antimonopolio en múltiples jurisdicciones, desde China hasta Canadá, en un momento de creciente escrutinio sobre los recursos naturales.
El renovado apetito por fusiones en el sector, evidenciado tras el acuerdo entre Anglo American y Teck Resources, y el cobre en máximos históricos sobre los US$ 13.000 por tonelada, han elevado la presión para actuar con rapidez. Ejecutivos de Rio reconocen que postergar una decisión podría encarecer aún más la operación.
Así, sin garantías de éxito, el mercado percibe que esta vez la voluntad política, estratégica y financiera está más alineada que nunca. La minería global podría estar a las puertas de un reordenamiento histórico.