
La falla dejó fuera de servicio dos de sus tres ruedas de reacción y redujo la capacidad de sus propulsores. El vehículo debía capturar al observatorio Swift y elevarlo antes de que su órbita continuara deteriorándose.
La inédita operación para prolongar la vida del observatorio espacial Neil Gehrels Swift enfrenta su momento más crítico. LINK, la nave robótica construida por Katalyst Space Technologies para interceptar y elevar el telescopio de la NASA, sufrió problemas en su sistema de control de orientación que provocaron un giro descontrolado y comunicaciones intermitentes con los equipos en tierra.
Las primeras evaluaciones muestran que dos de las tres ruedas de reacción de LINK no están operativas. También se detectó una pérdida parcial de funcionalidad en el sistema de propulsores de gas frío, componentes indispensables para orientar la nave, estabilizarla y ejecutar maniobras precisas durante su aproximación a Swift.
El incidente no significa todavía la pérdida definitiva del vehículo. Los equipos técnicos trabajan para recuperar el control y determinar si la nave puede continuar su misión con una configuración degradada. Sin embargo, la avería golpea directamente una operación que dependía de movimientos extremadamente precisos para acercarse, capturar y remolcar un satélite que nunca fue diseñado para recibir mantenimiento en el espacio.
Qué ocurrió con la nave LINK
El problema se presentó durante la etapa de puesta en servicio, período en que los operadores prueban los sistemas de una nave después del lanzamiento y antes de iniciar sus maniobras principales.
LINK comenzó a girar luego de experimentar fallas en su sistema de control de actitud. En términos espaciales, la actitud corresponde a la orientación del vehículo respecto de la Tierra, el Sol y otros objetos. Mantenerla permite dirigir correctamente las antenas, los paneles solares, las cámaras, los sensores y los propulsores.
Las ruedas de reacción cumplen un papel central en ese proceso. Estos dispositivos giratorios producen pequeños cambios en la orientación de una nave sin necesidad de utilizar combustible. Con solo una de las tres unidades disponible, la capacidad de LINK para estabilizarse y apuntar sus sistemas queda severamente limitada.
A esto se suma el funcionamiento parcial de los propulsores de gas frío, utilizados para corregir movimientos, reducir el giro y controlar la posición del vehículo. La combinación de ambas fallas explica las dificultades para mantener una comunicación continua con tierra.
Pese al escenario, los restantes sistemas principales de la nave se mantienen operativos. Esa condición entrega un margen para intentar procedimientos de recuperación, modificar el software de control o diseñar una estrategia que permita aprovechar los componentes que todavía funcionan.
Una misión contrarreloj para salvar a Swift
LINK fue lanzada el 3 de julio de 2026 a bordo de un cohete Pegasus XL, desplegado desde una aeronave sobre el océano Pacífico. Su objetivo era aproximarse gradualmente al observatorio Swift, capturarlo mediante sistemas robóticos y elevarlo a una órbita más segura.
La NASA contrató la operación por aproximadamente US$30 millones, una cifra reducida frente al costo que implicaría construir y poner en órbita un observatorio científico con capacidades comparables.
Swift fue lanzado en 2004 y se transformó en una pieza relevante para el estudio de estallidos de rayos gamma, agujeros negros, supernovas y otros fenómenos de alta energía. Cuenta con instrumentos capaces de observar radiación gamma, rayos X, luz ultravioleta y luz visible, además de reaccionar rápidamente cuando se detecta una explosión cósmica.
El observatorio no posee un sistema de propulsión capaz de elevar significativamente su propia órbita. Durante los últimos años, el aumento de la actividad solar expandió las capas superiores de la atmósfera terrestre, elevando el roce sobre satélites ubicados en órbita baja. Ese efecto aceleró la pérdida de altitud de Swift y aumentó el riesgo de una reentrada anticipada.
Por qué la falla amenaza toda la operación
La parte más exigente de la misión todavía no había comenzado. LINK debía alcanzar a Swift, igualar su velocidad, acercarse lentamente y conectarse a una estructura que no cuenta con un puerto de acoplamiento convencional.
Para realizar esa maniobra, la nave necesita mantener una orientación estable y responder con precisión a cada comando. Una desviación pequeña podría impedir la captura, dañar los equipos o generar un contacto no controlado entre ambos vehículos.
Incluso si LINK logra recuperar la estabilidad, los ingenieros deberán comprobar que conserva suficiente capacidad para ejecutar el encuentro. También deberán evaluar la cantidad de gas disponible, el estado de los sensores de navegación y la posibilidad de operar con solo una rueda de reacción.
La misión no puede reducirse a alcanzar el telescopio. Después de capturarlo, LINK tendría que controlar el conjunto formado por las dos naves y ejecutar durante semanas las maniobras destinadas a elevar la órbita. Esa etapa demandaría todavía más estabilidad, energía y capacidad de propulsión.
El impacto para la industria espacial
La operación es observada de cerca porque representa una prueba para el mercado de servicios satelitales en órbita. Actualmente, gran parte de los satélites se abandona cuando pierde combustible, queda en una órbita inconveniente o presenta una falla que no puede solucionarse desde tierra.
Las compañías espaciales buscan cambiar ese modelo mediante vehículos capaces de inspeccionar, reparar, reabastecer, remolcar o retirar satélites. Si estas tecnologías se consolidan, los operadores podrían extender la vida útil de activos que cuestan cientos o miles de millones de dólares.
El caso también es relevante para Chile. El país ha impulsado nuevas capacidades satelitales para observación terrestre, gestión de emergencias, vigilancia de recursos naturales, conectividad y defensa. El desarrollo de servicios de mantenimiento orbital podría modificar en el futuro la forma en que se diseñan, aseguran y administran estas inversiones.
Para universidades, empresas tecnológicas y proveedores nacionales, este mercado abre oportunidades en software de navegación, sensores, comunicaciones, análisis de datos, robótica y control autónomo.
Las opciones que quedan sobre la mesa
La prioridad inmediata es detener o reducir el giro de LINK y recuperar comunicaciones estables. Después será necesario reconstruir el estado completo de la nave y determinar qué provocó la pérdida simultánea de dos ruedas de reacción y la degradación de los propulsores.
Los operadores podrían intentar controlar el vehículo combinando la rueda disponible con los propulsores restantes, siempre que exista suficiente autoridad de control. Otra posibilidad es reprogramar los sistemas para distribuir de manera distinta las tareas de estabilización.
La continuidad de la misión dependerá de que esa configuración alternativa entregue la precisión requerida para aproximarse a Swift. Recuperar el contacto o estabilizar parcialmente la nave no garantiza que pueda completar una captura robótica.
Por ahora, Swift continúa separado de LINK y no fue afectado directamente por la falla. El problema, sin embargo, reduce el margen disponible para rescatarlo y convierte una misión ya compleja en una prueba decisiva para la nueva industria de mantenimiento y rescate de satélites en órbita.