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La gigantesca red eléctrica que permite llevar energía desde el norte hasta el centro de Chile

Chile cuenta con un extenso sistema eléctrico que conecta el norte y el centro del país, permitiendo el transporte eficiente de energía a lo largo de más de 3.100 kilómetros.

La gigantesca red eléctrica que permite llevar energía desde el norte hasta el centro de Chile
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Chile posee un sistema eléctrico que se extiende por más de 3.100 kilómetros de norte a sur. Detrás de un enchufe en Santiago existe una infraestructura de torres, cables y subestaciones capaz de transportar enormes bloques de energía a través del desierto y cientos de kilómetros de territorio.

A simple vista, una torre de alta tensión perdida en medio del Desierto de Atacama puede parecer una estructura aislada. En realidad, forma parte de una de las máquinas más extensas construidas en Chile: el Sistema Eléctrico Nacional, una red que conecta generación, minería, industrias y ciudades desde Arica hasta Chiloé.

Al cierre de 2025, el sistema de transmisión estaba compuesto por más de 40.000 kilómetros de líneas eléctricas, considerando instalaciones que operan desde 23 hasta 500 kilovoltios. No significa que Chile tenga una única línea de 40.000 kilómetros, sino miles de tramos interconectados que forman una enorme malla eléctrica sobre un país extraordinariamente largo y angosto.

Esa infraestructura permite algo que hace algunas décadas era mucho más difícil: producir grandes cantidades de electricidad en el norte y utilizar parte de esa energía cientos o incluso más de mil kilómetros hacia el sur.

Una carretera eléctrica que atraviesa Chile

Para entender la red eléctrica puede imaginarse una autopista. Las centrales solares, eólicas, hidroeléctricas, térmicas y otras instalaciones de generación serían los puntos donde ingresan vehículos; las ciudades, minas e industrias serían las salidas; y las líneas de transmisión representarían las carreteras que conectan todo el sistema.

Pero transportar electricidad es mucho más complejo que mover vehículos.

La energía debe generarse y consumirse prácticamente al mismo tiempo, mientras el sistema mantiene parámetros eléctricos dentro de márgenes muy estrechos. Si aumenta repentinamente el consumo o sale de servicio una central o una línea importante, otras instalaciones deben responder para mantener el equilibrio.

Chile opera desde 2017 con un gran Sistema Eléctrico Nacional surgido de la interconexión del antiguo Sistema Interconectado del Norte Grande y el Sistema Interconectado Central. Esa unión permitió conectar directamente los grandes centros de generación y consumo del norte minero con buena parte del resto del país.

El resultado es una red cuya extensión geográfica supera los 3.100 kilómetros entre Arica y Chiloé, una distancia excepcional para un sistema eléctrico nacional.

Por qué la electricidad se transporta a 500.000 voltios

Una de las claves para transportar grandes cantidades de energía está en aumentar el voltaje.

En las principales arterias del sistema chileno existen líneas que operan a 500 kilovoltios, es decir, 500.000 voltios. Puede parecer una cifra exagerada, pero existe una razón física fundamental.

Para transportar una determinada potencia eléctrica, elevar el voltaje permite disminuir la corriente necesaria. Y como las pérdidas producidas por el calentamiento de los conductores aumentan fuertemente con la corriente, utilizar alta tensión permite transportar enormes cantidades de energía de manera mucho más eficiente.

Por eso la electricidad producida por una gran central no viaja directamente hacia una vivienda utilizando los mismos niveles de tensión. Primero puede ingresar a redes de alta o extra alta tensión, recorrer cientos de kilómetros y después atravesar sucesivas subestaciones donde transformadores reducen progresivamente el voltaje antes de llegar a redes locales.

Las gigantescas estructuras metálicas visibles junto a carreteras y desiertos son precisamente las encargadas de mantener esos conductores separados del suelo y entre sí, garantizando las distancias eléctricas necesarias para operar con tensiones extremadamente elevadas.

El corredor que conecta el norte con la zona central

Uno de los grandes ejes existentes cruza desde el norte hacia la zona central mediante una sucesión de instalaciones de 500 kV.

Entre sus componentes se encuentra la línea Cardones–Polpaico, que conecta la Región de Atacama con la Región Metropolitana mediante aproximadamente 753 kilómetros de infraestructura de doble circuito. El sistema entró en operación en 2019 y se convirtió en una pieza estructural para aumentar la capacidad de intercambio eléctrico entre el norte y el centro del país.

El recorrido puede entenderse como una cadena. La energía atraviesa grandes subestaciones y corredores eléctricos ubicados en distintos puntos del territorio, desde las zonas de generación del Norte Grande y Atacama hacia Coquimbo, Valparaíso y finalmente la Región Metropolitana.

No significa que pueda identificarse un electrón producido por un panel solar en Antofagasta y seguirlo hasta una vivienda específica en Santiago. Una red eléctrica interconectada funciona como un sistema completo: generación y consumo modifican continuamente los flujos que circulan por las distintas líneas disponibles.

Lo verdaderamente importante es que la infraestructura permite aumentar la generación en una zona y compensar demanda situada a cientos de kilómetros.

El desierto produce electricidad, pero hay que sacarla de allí

La geografía energética de Chile presenta una característica extraordinaria. Algunas de las mejores condiciones solares del planeta se encuentran en el norte, precisamente en regiones donde la población es relativamente reducida en comparación con la zona central.

Atacama y Antofagasta han concentrado un enorme desarrollo de generación fotovoltaica. En determinadas horas del día, especialmente cuando existe alta radiación solar, grandes volúmenes de electricidad pueden producirse simultáneamente.

Parte de esa energía es consumida localmente por operaciones mineras, plantas industriales, ciudades y otros usuarios. Pero cuando la generación disponible supera lo que puede absorberse en la zona, resulta fundamental disponer de capacidad para transportarla hacia otros puntos del país.

Aquí aparece uno de los grandes desafíos de la transición energética chilena: tener capacidad para producir electricidad no significa necesariamente tener capacidad para transportarla.

Una línea eléctrica posee límites térmicos y operacionales. No es posible enviar indefinidamente más potencia por los mismos conductores, de la misma manera que una autopista no puede absorber una cantidad ilimitada de automóviles.

Cuando determinadas zonas concentran mucha generación y las líneas disponibles alcanzan sus límites, parte de la energía renovable puede tener que reducirse o dejar de inyectarse. De ahí que la transmisión se haya convertido en una de las piezas centrales del desarrollo energético del país.

Kimal–Lo Aguirre: una nueva superautopista eléctrica

Chile está construyendo ahora una infraestructura de una escala todavía mayor.

La línea Kimal–Lo Aguirre tendrá aproximadamente 1.346 kilómetros de extensión, conectando la Región de Antofagasta con la Región Metropolitana. Su objetivo será transportar hasta 3.000 MW entre el norte y la zona central.

Para dimensionarlo, 3.000 MW representan una capacidad de transferencia comparable a la potencia de varias centrales eléctricas de gran tamaño funcionando simultáneamente.

Pero existe otra diferencia importante. Kimal–Lo Aguirre utilizará tecnología HVDC, High Voltage Direct Current, o transmisión de alta tensión en corriente continua.

La mayor parte de las redes eléctricas convencionales funciona en corriente alterna. Sin embargo, cuando hay que transportar enormes cantidades de electricidad durante distancias muy largas, la corriente continua de alta tensión puede ofrecer importantes ventajas técnicas, entre ellas menores pérdidas y un control muy preciso del flujo transferido.

El proyecto operará a ±600 kV y tendrá estaciones convertidoras en ambos extremos. En Kimal, la electricidad proveniente de la red de corriente alterna será convertida a corriente continua para viajar por la línea. Al llegar a Lo Aguirre, en la Región Metropolitana, será nuevamente transformada en corriente alterna para integrarse al sistema existente.

1.346 kilómetros de ingeniería

Construir una línea de esa longitud es comparable a desarrollar una infraestructura que atravesara buena parte de Chile central y septentrional en una sola obra.

El trazado cruza Antofagasta, Atacama, Coquimbo, Valparaíso y la Región Metropolitana, enfrentando desiertos, quebradas, zonas montañosas, caminos, áreas productivas y distintos ecosistemas.

La construcción requiere preparar fundaciones, transportar estructuras metálicas, montar torres, desplegar conductores y levantar instalaciones convertidoras de gran complejidad.

Durante agosto de 2026 el proyecto comenzó el montaje e izaje de torres y alcanzaba cerca de 20% de avance, con trabajos desarrollándose simultáneamente en numerosas estructuras y en las instalaciones convertidoras.

Una vez terminada, la línea no reemplazará la red existente. Funcionará como una nueva gran arteria paralela capaz de aumentar considerablemente la capacidad para mover energía entre ambos extremos del país.

Una red que también sostiene a la minería

Para la industria minera, esta infraestructura tiene una relevancia directa.

Las grandes operaciones de cobre requieren electricidad durante las 24 horas para alimentar chancadores, molinos, correas transportadoras, sistemas de bombeo, plantas concentradoras, desaladoras, campamentos y numerosos procesos auxiliares.

Algunas de las mayores faenas del país se encuentran precisamente en Antofagasta, Tarapacá y Atacama, regiones donde también se concentra buena parte del desarrollo solar.

Esto genera una relación cada vez más estrecha entre minería y electricidad.

La expansión de plantas desaladoras, el bombeo de agua desde la costa hacia operaciones ubicadas a gran altura, la electrificación de equipos mineros y el crecimiento de nuevas instalaciones de procesamiento pueden aumentar todavía más la demanda eléctrica del sector.

Al mismo tiempo, una red nacional más robusta permite integrar distintas fuentes de generación y reducir la dependencia de centrales situadas cerca de cada faena.

Cuando una sola línea se vuelve crítica

El tamaño del sistema también implica riesgos.

El 25 de febrero de 2025, una falla asociada al sistema de transmisión de 500 kV en el Norte Chico terminó provocando una interrupción masiva del suministro que afectó gran parte del país.

El episodio mostró de manera muy concreta la importancia de las grandes arterias eléctricas. Cuando una infraestructura transporta enormes flujos entre regiones, su operación, protección y redundancia se convierten en elementos fundamentales para la seguridad del sistema completo.

Por eso las redes modernas se diseñan considerando contingencias. El principio general es que el sistema pueda soportar la pérdida de determinados componentes sin que el problema se propague de manera incontrolada.

Nuevas líneas, sistemas de almacenamiento, automatización, protección digital y mejores herramientas de control buscan precisamente aumentar esa resiliencia.

Las baterías están cambiando el funcionamiento de la red

Existe además una tecnología que está modificando rápidamente el panorama chileno: el almacenamiento mediante baterías.

Una gran instalación de baterías puede absorber electricidad durante las horas de alta producción solar y devolverla posteriormente cuando el Sol comienza a desaparecer y aumenta la demanda nocturna.

Eso permite utilizar mejor las mismas líneas de transmisión.

En lugar de intentar transportar toda la producción solar simultáneamente durante algunas horas, parte de la energía puede almacenarse y desplazarse temporalmente hacia otros momentos del día.

Transmisión y almacenamiento, por lo tanto, no son tecnologías competidoras. Son piezas complementarias de una red eléctrica cada vez más compleja.

La energía del norte puede terminar a más de mil kilómetros de distancia

Cuando una persona en Santiago enciende una luz, resulta imposible saber exactamente qué central produjo en ese instante la electricidad que hizo posible esa acción.

Podría existir generación hidroeléctrica en el sur, energía solar en Atacama, viento en otra región, centrales térmicas, sistemas de almacenamiento y decenas de instalaciones aportando simultáneamente al equilibrio del sistema.

Eso es precisamente lo extraordinario.

Chile construyó una red capaz de convertir instalaciones separadas por miles de kilómetros en una sola máquina eléctrica coordinada. Y ahora esa máquina está creciendo nuevamente para adaptarse a una realidad donde una proporción cada vez mayor de la energía puede producirse lejos de los principales centros de consumo.

Las torres que atraviesan el Desierto de Atacama son solamente la parte visible. Detrás existe una infraestructura de subestaciones, transformadores, sistemas de control, fibra óptica, protecciones y centros de operación trabajando continuamente para mantener equilibrada la red.

En un país que posee enormes recursos solares en el norte, grandes operaciones mineras en la cordillera y millones de consumidores concentrados cientos de kilómetros más al sur, transportar electricidad está comenzando a ser tan estratégico como producirla.