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La mina que excavó un agujero de cuatro kilómetros y anticipó un derrumbe gigantesco

La mina Bingham Canyon, reconocida como la mayor excavación artificial del mundo, ha enfrentado desafíos geotécnicos significativos, incluyendo un deslizamiento masivo en 2013 que movilizó millones de toneladas de roca.

La mina que excavó un agujero de cuatro kilómetros y anticipó un derrumbe gigantesco

Bingham Canyon, en Utah, supera el kilómetro de profundidad y acumula más de 5.400 millones de toneladas de roca extraídas desde 1906. En 2013, sus sensores permitieron evacuar la faena.

En las montañas de Utah, Estados Unidos, una explotación de cobre ha transformado el paisaje hasta crear una de las mayores excavaciones realizadas por el ser humano. Se trata de Bingham Canyon, también conocida como Kennecott, una mina a cielo abierto que alcanza aproximadamente cuatro kilómetros de anchura y 1,2 kilómetros de profundidad. Sus dimensiones son tan extraordinarias que Guinness World Records la reconoce como la mayor excavación artificial del planeta.

Ubicada aproximadamente a 30 kilómetros al suroeste de Salt Lake City, la operación pertenece al grupo minero Rio Tinto y acumula más de un siglo de actividad extractiva.

Desde el comienzo de la explotación a cielo abierto, en 1906, se han removido más de 5.400 millones de toneladas de roca, una cifra que permite dimensionar la magnitud de los trabajos necesarios para recuperar los minerales contenidos en este depósito.

Sin embargo, la enorme profundidad de la excavación también representa un desafío geotécnico. En abril de 2013, una de sus paredes sufrió un deslizamiento de proporciones extraordinarias, movilizando decenas de millones de metros cúbicos de material.

Una montaña convertida en una excavación de 1.200 metros de profundidad

Bingham Canyon constituye uno de los ejemplos más impresionantes de minería a cielo abierto a escala industrial.

Vista desde el aire, la operación presenta una sucesión de enormes terrazas excavadas en forma de espiral, que descienden progresivamente hacia el fondo del yacimiento.

Estas plataformas, conocidas como bancos mineros, permiten organizar el movimiento de maquinaria, establecer caminos de transporte y controlar la estabilidad de las paredes.

La NASA ha documentado la estructura desde el espacio mediante imágenes satelitales y fotografías capturadas por astronautas.

En ellas se distinguen las terrazas que rodean la excavación, los caminos utilizados por los camiones de extracción y las zonas destinadas al movimiento de materiales.

Los bancos presentan alturas que pueden variar aproximadamente entre 16 y 25 metros, dependiendo del sector de la explotación.

La profundidad total del rajo supera ampliamente la altura de numerosos edificios de gran tamaño.

Para comprender su escala, basta considerar que 1.200 metros equivalen a doce edificios de 100 metros colocados uno sobre otro.

La anchura de cuatro kilómetros también significa que una persona situada en uno de sus extremos tendría que recorrer una distancia considerable para llegar al lado opuesto, incluso si pudiera hacerlo en línea recta.

Estas dimensiones corresponden a medidas generales documentadas de la excavación, que pueden cambiar conforme avanzan las operaciones mineras.

Más de un siglo extrayendo cobre, oro y otros minerales

La historia minera de Bingham Canyon comenzó antes de la construcción del gigantesco rajo actual.

Durante el siglo XIX, el área fue explotada mediante labores subterráneas destinadas principalmente a recuperar oro, plata y plomo.

Posteriormente, el reconocimiento de un extenso depósito de cobre de baja ley llevó al desarrollo de métodos de explotación a cielo abierto.

La operación industrial moderna comenzó en 1906, cuando la tecnología disponible permitió remover grandes cantidades de roca y procesar minerales que anteriormente resultaban difíciles de aprovechar económicamente.

El yacimiento corresponde a un sistema de cobre tipo pórfido, una categoría geológica particularmente importante para la minería mundial.

Estos depósitos se originan a partir de procesos magmáticos e hidrotermales que concentran metales en grandes volúmenes de roca.

Aunque las concentraciones de cobre pueden ser relativamente bajas, las enormes dimensiones de algunos sistemas permiten sostener operaciones de gran escala.

Durante su historia, Bingham Canyon ha producido cobre, oro, plata y molibdeno.

La operación actual también obtiene telurio, un elemento utilizado en determinadas tecnologías industriales, especialmente en la fabricación de paneles solares.

Rio Tinto mantiene en Kennecott un complejo integrado que incluye explotación minera, planta concentradora, fundición y refinería.

Esta infraestructura permite desarrollar distintas etapas del procesamiento del mineral dentro de una misma operación industrial.

El día en que 65 millones de metros cúbicos de roca se desplomaron

El 10 de abril de 2013, Bingham Canyon experimentó uno de los mayores deslizamientos no volcánicos documentados en América del Norte.

El evento comenzó aproximadamente a las 21:30 horas, cuando una sección de la pared noreste del rajo se desprendió y descendió violentamente hacia el interior de la excavación.

Cerca de una hora y media después se produjo un segundo deslizamiento de grandes dimensiones.

En conjunto, ambos movimientos movilizaron un volumen estimado de entre 65 y 70 millones de metros cúbicos de material, de acuerdo con las estimaciones difundidas por Guinness World Records y la NASA.

Los estudios científicos posteriores también han presentado estimaciones diferentes, dependiendo de si consideran el volumen original de roca desprendida o el volumen del depósito después de su fragmentación y expansión.

El Servicio Geológico de Utah estimó que ambos deslizamientos desplazaron aproximadamente 145 millones de toneladas de roca estéril.

La diferencia entre toneladas y metros cúbicos es fundamental: las primeras representan masa, mientras que los segundos expresan volumen.

La magnitud del evento fue suficiente para que sus vibraciones fueran detectadas mediante redes sísmicas utilizadas habitualmente para registrar terremotos.

El material sepultó sectores de la explotación, dañó infraestructura y afectó maquinaria minera.

Entre los equipos alcanzados figuraron camiones de extracción y palas utilizadas en las operaciones.

Las pérdidas económicas fueron considerables, pero el acontecimiento tuvo un resultado especialmente relevante: no se registraron víctimas fatales ni trabajadores lesionados.

Cómo la tecnología permitió anticipar el derrumbe

El deslizamiento de 2013 se convirtió en un caso destacado de monitoreo geotécnico aplicado a la seguridad minera.

Meses antes del colapso, los sistemas de vigilancia de Kennecott habían identificado movimientos anormales en una sección de la pared.

Los instrumentos permitían medir desplazamientos progresivos del terreno y detectar variaciones que indicaban una pérdida de estabilidad.

Durante los meses siguientes, los movimientos aumentaron.

El 10 de abril, la velocidad de deformación alcanzó aproximadamente cinco centímetros diarios, una señal que elevó considerablemente la preocupación por la estabilidad del talud.

La administración decidió evacuar a los trabajadores y retirar al personal de las áreas expuestas.

La evacuación se efectuó horas antes de que ocurriera el primer gran desprendimiento.

Los investigadores de la Universidad de Utah posteriormente analizaron el fenómeno utilizando datos sísmicos, fotografías aéreas y modelos computacionales.

Los resultados permitieron reconstruir las distintas fases del movimiento y estudiar las velocidades alcanzadas por las masas de roca.

El caso demostró la importancia de contar con sistemas de vigilancia capaces de reconocer movimientos previos al colapso.

Sin embargo, no significa que todos los deslizamientos mineros puedan anticiparse con la misma precisión. La evolución de cada inestabilidad depende de sus características geológicas, estructurales y operacionales.

Una mina histórica que todavía busca extender su vida útil

A pesar de su profundidad y de los desafíos geotécnicos asociados, Bingham Canyon continúa formando parte de las operaciones cupríferas de Rio Tinto en Estados Unidos.

La compañía ha desarrollado proyectos para extender la explotación a cielo abierto y complementar la producción mediante nuevas labores subterráneas.

Una de las iniciativas contempla una inversión aprobada de aproximadamente US$1.500 millones para ampliar el desarrollo del rajo y sostener las operaciones hasta 2032.

Rio Tinto también estudia una expansión denominada Apex, que podría permitir extender la explotación a cielo abierto aproximadamente hasta 2040.

No obstante, ese horizonte corresponde a una posibilidad sujeta a estudios técnicos y decisiones de inversión, no a una ampliación completamente aprobada.

Paralelamente, la empresa ha impulsado proyectos subterráneos como Lower Commercial Skarn y North Rim Skarn, destinados a recuperar mineral de sectores que requieren métodos de extracción diferentes.

La combinación de minería superficial y subterránea busca aprovechar distintas áreas del depósito sin depender exclusivamente de profundizar el gigantesco rajo existente.

El desafío de excavar cada vez más profundo

La historia de Bingham Canyon demuestra tanto la capacidad de la ingeniería minera para transformar grandes formaciones geológicas como las dificultades que aparecen cuando una explotación alcanza dimensiones extraordinarias.

A medida que aumenta la profundidad de un rajo, también crecen las exigencias relacionadas con estabilidad de taludes, transporte, drenaje, ventilación localizada y planificación de los bancos de extracción.

Las pendientes deben diseñarse considerando las propiedades mecánicas de las rocas, las fracturas existentes, la presencia de agua y los esfuerzos que actúan sobre las paredes.

Además, los camiones deben recorrer largas distancias por caminos interiores para transportar mineral y material estéril entre los distintos niveles.

Estas condiciones influyen directamente en los costos y en la organización de las operaciones.

En Bingham Canyon, la combinación de más de un siglo de explotación, miles de millones de toneladas de roca removidas y una profundidad cercana a 1.200 metros explica por qué su desarrollo constituye un caso de referencia para la minería mundial.

El deslizamiento de 2013 agregó otra dimensión a esa historia: mostró que incluso una excavación de escala extraordinaria puede enfrentar cambios bruscos de estabilidad, pero también que la vigilancia geotécnica y las decisiones preventivas pueden evitar consecuencias humanas.

Hoy, la gigantesca mina de Utah continúa siendo un ejemplo de hasta dónde puede llegar la ingeniería para recuperar recursos minerales, y de la importancia de controlar los riesgos que aparecen cuando una operación transforma una montaña en una excavación de varios kilómetros.