
La pérdida acelerada de glaciares, nieve y permafrost está modificando la disponibilidad de agua y aumentando los riesgos geotécnicos en regiones mineras. Para la industria, el fenómeno comienza a traducirse en nuevas exigencias de ingeniería, monitoreo, inversión e infraestructura.
El retroceso de glaciares y otras masas de hielo dejó de ser únicamente una señal del calentamiento global para transformarse en un factor operacional que la minería deberá incorporar cada vez con mayor peso en la planificación de proyectos, infraestructura y abastecimiento de agua. Las consecuencias son especialmente relevantes para operaciones ubicadas en cordilleras y territorios fríos de Sudamérica, Norteamérica y Asia, donde buena parte de los recursos minerales convive con nieve estacional, glaciares o suelos permanentemente congelados.
El fenómeno tiene dos caras para la actividad minera. Por una parte, el derretimiento puede aumentar temporalmente los caudales disponibles en determinadas cuencas. Pero a medida que disminuye el volumen de hielo acumulado, esa reserva natural pierde capacidad para regular los flujos de agua durante estaciones secas. Al mismo tiempo, el descongelamiento de terrenos y las modificaciones del ciclo hidrológico pueden aumentar la exposición a desprendimientos de roca, aluviones, inundaciones repentinas y problemas de estabilidad de infraestructura.
La dimensión del proceso es global. Los años comprendidos entre 2015 y 2025 fueron los once más cálidos registrados y la pérdida de hielo glaciar continúa a escala planetaria. Durante el año hidrológico 2023/2024, los glaciares de referencia monitoreados mundialmente registraron una pérdida aproximada de 450 gigatoneladas de hielo, equivalente a unos 1,3 metros de agua en términos de balance de masa glaciar.
El agua se convierte en una variable todavía más estratégica
Para la minería, uno de los impactos más directos está relacionado con el agua.
Los glaciares funcionan como reservas que acumulan precipitaciones durante periodos fríos y liberan parte de esa agua posteriormente. Existen más de 275.000 glaciares en el planeta, con una superficie aproximada de 700.000 kilómetros cuadrados, mientras que glaciares y mantos de hielo concentran cerca del 70% de los recursos mundiales de agua dulce.
Esto adquiere especial relevancia en distritos mineros de altura donde el recurso hídrico ya representa una restricción estructural.
El problema no necesariamente aparece primero como una desaparición abrupta de los caudales. Durante las primeras etapas de retroceso glaciar puede producirse más escorrentía producto del derretimiento. Sin embargo, una vez superado determinado punto, conocido habitualmente como peak water o máximo de agua glaciar, la tendencia puede revertirse: existe cada vez menos hielo disponible para alimentar los cursos superficiales.
Ese escenario obliga a mirar los proyectos mineros con horizontes de varias décadas.
Las minas que actualmente desarrollan infraestructura considerando determinadas condiciones hidrológicas podrían operar en cuencas sustancialmente distintas durante la segunda mitad de su vida útil. La infraestructura hídrica, los balances de agua de las plantas concentradoras y las estrategias para enfrentar periodos prolongados de sequía necesitarán incorporar escenarios climáticos más exigentes.
El efecto potencial para Chile no es menor. Evaluaciones científicas incluidas en estudios internacionales han estimado que cambios futuros en el aporte de glaciares y nieve de los Andes podrían reducir el suministro disponible para determinadas operaciones cupríferas y obligar a desarrollar fuentes alternativas de abastecimiento.
Esto refuerza una tendencia que la minería chilena ya conoce: el agua de mar y la desalación están dejando de ser soluciones excepcionales para convertirse en componentes estructurales del desarrollo minero, particularmente en las regiones del norte.
El segundo riesgo está bajo los pies de las operaciones
El deshielo también tiene una dimensión geotécnica.
En regiones de alta montaña y zonas cercanas a los polos existe suelo que permanece congelado durante largos periodos, conocido como permafrost. Cuando ese terreno comienza a descongelarse cambia su comportamiento mecánico y pueden modificarse la resistencia, el drenaje y la estabilidad de las laderas.
Para una mina, estas transformaciones pueden tener consecuencias directas sobre caminos, ductos, fundaciones, botaderos, instalaciones eléctricas, campamentos y otras obras críticas.
Los cambios en la criósfera están asociados además a un mayor riesgo de inundaciones, movimientos de masa y desprendimientos en determinadas zonas montañosas. El IPCC considera que la pérdida de glaciares, el descongelamiento del permafrost y la disminución de la cobertura de nieve continuarán durante las próximas décadas, con consecuencias sobre los caudales y los peligros naturales.
Este miércoles 26 de agosto, un episodio en la frontera entre Nepal y el Tíbet volvió a mostrar la dimensión que pueden alcanzar estos fenómenos. El colapso de una sección de glaciar es investigado como posible desencadenante de una violenta avalancha de hielo, roca y sedimentos que descendió hacia los sistemas fluviales de la zona.
No todos estos eventos pueden atribuirse exclusivamente al cambio climático y cada caso requiere análisis específico. Sin embargo, la modificación progresiva de glaciares y terrenos congelados incorpora condiciones que deben ser consideradas al diseñar infraestructura de largo plazo.
De Canadá a los Andes: cambia la ingeniería minera
En Canadá, Alaska y otras regiones frías, la minería enfrenta un problema adicional: parte de la logística depende de superficies congeladas.
Existen operaciones remotas abastecidas mediante caminos invernales construidos sobre terrenos, lagos y cursos de agua congelados. Una temporada fría más corta reduce la cantidad de días disponibles para transportar combustibles, maquinaria, insumos y equipos pesados.
Proyecciones analizadas para infraestructura minera del noroeste canadiense han advertido que el calentamiento podría aumentar significativamente los costos necesarios para mantener estos corredores operativos y, paralelamente, reducir su ventana de utilización.
La adaptación puede significar construir rutas permanentes, reforzar fundaciones, rediseñar ductos, instalar sistemas adicionales de drenaje o incrementar la instrumentación geotécnica.
El resultado es una nueva variable para los modelos económicos de los proyectos: el clima futuro comienza a influir en el CAPEX y OPEX de minas que todavía podrían tener décadas de operación por delante.
La minería tendrá que observar una cordillera diferente
Para Chile y otros países andinos, el desafío será particularmente sensible debido a la concentración de grandes depósitos minerales en zonas de montaña.
Los proyectos tendrán que comprender con mayor precisión la evolución de glaciares, glaciares de roca, nieve estacional, permafrost y cuencas hidrográficas. Esto elevará la importancia de tecnologías como monitoreo satelital, radares, sensores geotécnicos, estaciones meteorológicas, modelamiento hidrogeológico y sistemas de alerta temprana.
También aumentará la relevancia del diseño preventivo.
Una carretera que cruza una quebrada, un depósito construido sobre terreno de alta montaña o un ducto que debe funcionar durante tres décadas ya no pueden evaluarse únicamente bajo las condiciones climáticas observadas históricamente. La pregunta será cómo se comportará ese territorio durante toda la vida útil de la instalación.
Al mismo tiempo, la relación entre minería y glaciares seguirá ocupando un espacio relevante en la discusión ambiental y regulatoria. La industria tendrá que demostrar que sus operaciones pueden desarrollarse con estándares capaces de proteger recursos hídricos sensibles y reducir impactos sobre ecosistemas de montaña.
El deshielo, por lo tanto, introduce una paradoja para el sector. El mundo necesitará más cobre, litio y otros minerales para electrificación, redes eléctricas y tecnologías vinculadas a la transición energética, pero una parte de esos recursos tendrá que extraerse en territorios que también están siendo transformados por el cambio climático.
Para la minería, adaptarse ya no significará únicamente reducir emisiones. También implicará construir minas capaces de operar bajo condiciones físicas distintas a aquellas sobre las que fueron concebidos muchos de los proyectos actuales.






