PRAGA.– A fines de enero, la República Checa pondrá término a más de 250 años de minería profunda con el cierre definitivo de su último pozo de carbón negro. La decisión marca el fin de una actividad que fue pilar del desarrollo industrial de Europa Central y que hoy sucumbe ante la combinación de bajos precios internacionales, altos costos de extracción y la transición energética del continente.
Las últimas toneladas de carbón se extraen desde la mina CSM, ubicada en Stonava, cerca de la frontera con Polonia, donde los trabajadores descienden hasta un kilómetro de profundidad para cerrar un ciclo histórico. El yacimiento es operado por OKD, empresa que pertenece al Estado y que llevaba años preparando su clausura definitiva.
Un cierre postergado por la crisis energética
El fin de la minería profunda estaba originalmente previsto para 2023. Sin embargo, la invasión rusa a Ucrania en 2022 alteró los mercados energéticos globales y provocó un alza temporal en los precios del carbón, otorgando una prórroga inesperada a la operación. Ese respiro fue breve. Con el retorno de precios deprimidos y una demanda estructuralmente a la baja, el cierre se volvió inevitable.
Te puede interesar
“Los precios mundiales del carbón son bajos, mientras que nuestros costos de extracción aumentan a medida que avanzamos a mayores profundidades”, explicó Roman Sikora, director de OKD. La profundidad, que durante décadas fue símbolo de capacidad técnica y resistencia, terminó convirtiéndose en la principal debilidad económica del yacimiento.
El ocaso de un mundo subterráneo
En los túneles de la mina, el ambiente es de resignación y nostalgia. Por última vez, los mineros avanzan bajo la luz intermitente de sus cascos, mientras las máquinas perforan la veta de carbón. “Es triste que el pozo esté llegando a su fin; es un trabajo duro, pero bueno”, comentó Grzegorz Sobolewski, minero polaco que evalúa cruzar la frontera para continuar su oficio en Polonia, donde aún operan pozos activos.
Con el cierre de CSM, desaparecerá también el ruido característico de la esquiladora, la máquina que durante generaciones separó el carbón del frente de extracción y que simboliza una cultura laboral forjada en condiciones extremas.
De motor industrial a legado histórico
La minería en la cuenca de Ostrava se remonta a fines del siglo XVIII, cuando transformó una región rural del Imperio de los Habsburgo en un enclave industrial estratégico. Inversionistas como la familia Rothschild financiaron ferrocarriles, acerías y obras de infraestructura que atrajeron a decenas de miles de trabajadores.
El sector vivió un nuevo auge tras la nacionalización comunista en 1948. En la década de 1980, más de 100.000 mineros trabajaban en la cuenca y OKD alcanzaba producciones cercanas a 25 millones de toneladas anuales. Ese mundo comenzó a desmoronarse tras 1989, con la caída del bloque socialista y el colapso de la industria pesada.
Un futuro post-carbón
Hoy, la región enfrenta el desafío de redefinir su matriz productiva. En 2025, OKD produjo apenas 1,1 millones de toneladas y redujo su dotación a 2.300 empleados, con otros 1.550 despidos previstos. El cierre definitivo del último pozo simboliza no solo el fin de una industria, sino también la necesidad de una reconversión económica y social profunda.
La frase clave que resume este momento histórico es clara: el fin de la minería profunda en la República Checa refleja la transición irreversible de Europa hacia un modelo energético post-carbón. Un cierre que clausura siglos de historia, pero abre un nuevo capítulo para una región que deberá reinventarse lejos de las profundidades que la hicieron crecer.







-7-800x450.jpg%3Fv%3D3&w=1920&q=80)

