Un reciente estudio de la Universidad de Leeds revela que la selva amazónica desempeña un papel crucial como «infraestructura natural», generando lluvia que beneficia directamente la agricultura y sostiene cultivos esenciales como la soja y el algodón. Se estima que este aporte climático tiene un valor económico anual de 18.500 millones de euros, lo que subraya la importancia de conservar estos ecosistemas.
El rol hidrológico de la Amazonía
La Amazonía no solo es un pulmón verde ni un refugio de biodiversidad, sino también un motor activo del sistema climático. A través de la evapotranspiración, los árboles liberan vapor de agua que forma nubes y precipita en forma de lluvia, incluso a cientos de kilómetros de distancia. Según el informe, cada hectárea de selva amazónica produce un promedio de 2,4 millones de litros de lluvia anualmente, suficiente para llenar una piscina olímpica.
Este complejo sistema es vital para la estabilidad de la agricultura en Brasil, donde el 85 % del sector agrícola depende de la lluvia en lugar de sistemas de riego. Cultivos como la soja y el algodón, que requieren altos volúmenes de agua, se ven directamente beneficiados por este flujo constante de humedad generado por los bosques. Cuando estos desaparecen, el ciclo de lluvias se ve gravemente afectado, reduciendo rendimientos agrícolas y aumentando la vulnerabilidad frente a sequías.
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Impacto económico y ambiental de la deforestación
La deforestación en la Amazonía ha llevado a la pérdida de aproximadamente 80 millones de hectáreas de bosque en las últimas décadas, lo que ha disminuido el valor de la lluvia generada en unos 4.600 millones de euros anuales. Este impacto no solo afecta a la agricultura, sino también a la disponibilidad de agua potable, la producción hidroeléctrica y la estabilidad climática.
Menos lluvia significa, además, mayor estrés para los ecosistemas forestales, que almacenan menos carbono durante períodos de sequía. Este ciclo vicioso pone en riesgo la capacidad de los bosques para actuar como sumideros de carbono, fundamentales en la lucha contra el cambio climático, así como la biodiversidad que albergan.
Reconocer el valor del bosque en las políticas
El estudio de la Universidad de Leeds sugiere que los servicios ecosistémicos, como la generación de lluvia, deben integrarse en las políticas agrícolas y de conservación. Actualmente, el valor económico de los bosques como fuente de agua no se encuentra reflejado en marcos legales ni en decisiones presupuestarias, creando un desequilibrio que desfavorece la protección forestal.
Mantener los bosques intactos no solo garantiza la estabilidad hídrica y la resiliencia agrícola, sino que también permite reducir la presión sobre acuíferos, disminuir incendios y evitar la necesidad de construir infraestructuras hídricas costosas. Como concluyen los investigadores, «sin bosque no hay estabilidad hídrica, y sin agua, no hay agricultura viable».







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