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Cómo evita una mina que las paredes de un rajo gigante se derrumben

Las minas a cielo abierto en Chile emplean avanzadas técnicas de ingeniería geotécnica para prevenir derrumbes en sus enormes paredes, combinando monitoreo, drenajes y tronaduras controladas.

Cómo evita una mina que las paredes de un rajo gigante se derrumben

Detrás de las enormes paredes de una mina a cielo abierto existe una disciplina completa dedicada a estudiar cada falla, fractura y movimiento de la roca. Radares, drenajes, tronaduras controladas y modelos geotécnicos permiten operar junto a taludes que pueden alcanzar dimensiones extraordinarias.

La pared de un gran rajo minero puede parecer una montaña cortada artificialmente, pero en realidad es una estructura de ingeniería cuidadosamente diseñada. Cada banco, pendiente y plataforma que se observa desde el aire responde a cálculos destinados a mantener millones de toneladas de roca en condiciones suficientemente estables mientras la mina continúa profundizándose.

El desafío es enorme. A medida que un rajo crece, sus paredes pueden quedar expuestas durante años y soportar el peso de gigantescas masas rocosas atravesadas por fracturas, fallas geológicas y zonas alteradas. El agua también puede infiltrarse y aumentar las presiones dentro del macizo rocoso, mientras las tronaduras necesarias para extraer mineral generan vibraciones adicionales.

Por eso, evitar un derrumbe no depende de una sola tecnología. Es el resultado de geología, ingeniería geotécnica, hidrogeología, diseño minero y monitoreo permanente trabajando al mismo tiempo.

Las paredes de una mina no son verticales por una razón

Cuando comienza a excavarse un rajo, una de las decisiones más importantes es determinar qué inclinación pueden tener sus paredes. Una pendiente demasiado conservadora obliga a retirar mayores cantidades de roca estéril para llegar al mineral, aumentando costos y movimientos de material. Una pendiente excesivamente pronunciada, en cambio, puede incrementar el riesgo de inestabilidad.

La solución consiste en dividir la pared en una sucesión de escalones llamados bancos. Entre ellos quedan superficies horizontales o bermas que interrumpen la pendiente y pueden ayudar a contener pequeñas caídas de roca antes de que alcancen sectores inferiores de la mina.

Desde lejos, esta geometría hace que las paredes de los grandes rajos parezcan enormes escaleras excavadas en la montaña.

Pero los ángulos no son iguales en toda la mina. Los ingenieros dividen el macizo rocoso en sectores o dominios geotécnicos, porque una zona de roca competente puede comportarse de manera muy distinta de otra atravesada por fallas, fracturas intensas o minerales de alteración que debilitan la roca.

El diseño puede cambiar incluso dentro de una misma pared.

Antes de excavar hay que conocer cada fractura posible

Uno de los principios fundamentales de la geotecnia minera es que una masa de roca nunca es completamente homogénea. Puede contener juntas, fallas, planos de estratificación, contactos entre distintos tipos de roca y estructuras formadas durante millones de años de evolución geológica.

Algunas de esas discontinuidades pueden transformarse en superficies por donde bloques completos tienden a deslizarse.

Por eso, mucho antes de alcanzar determinadas zonas del rajo se realizan sondajes geotécnicos, mapeos de las paredes expuestas y ensayos sobre muestras de roca. Con esos antecedentes se estudian propiedades como resistencia, orientación de fracturas y grado de alteración.

Los modelos tridimensionales permiten posteriormente representar cómo están distribuidas las principales estructuras geológicas dentro de la mina. No se trata solamente de saber dónde está el cobre: también es necesario entender cómo se comportará la roca que rodea al mineral cuando sea excavada.

A medida que el rajo avanza, además, aparecen nuevas superficies que pueden revelar estructuras que antes estaban ocultas. El modelo geotécnico, por lo tanto, no queda congelado después de construirse la mina. Se actualiza durante la operación.

El agua puede cambiar completamente la estabilidad de una pared

Existe otro enemigo menos visible: el agua subterránea.

Cuando el agua llena fracturas y poros dentro del macizo rocoso puede generar presión. Esa presión reduce parte de la resistencia efectiva que mantiene unidos determinados bloques y estructuras, aumentando la posibilidad de movimientos si las condiciones son desfavorables.

Controlar esa agua se convierte entonces en una tarea geotécnica.

En grandes operaciones pueden utilizarse pozos de bombeo y perforaciones de drenaje instaladas directamente en los taludes. Algunos drenajes horizontales penetran decenas o incluso cientos de metros dentro de la pared con el objetivo de interceptar agua y disminuir las presiones internas.

Los piezómetros, instrumentos diseñados para medir presión de agua dentro del terreno, permiten conocer cómo evoluciona esta condición.

Este aspecto resulta especialmente relevante incluso en regiones extremadamente áridas como el norte de Chile. Que una mina esté en medio del desierto no significa necesariamente que el subsuelo esté completamente seco. Los sistemas hidrogeológicos pueden almacenar y movilizar agua bajo la superficie.

También importa cómo se realizan las tronaduras

Para continuar profundizando un rajo es necesario perforar y tronar roca de manera sistemática. Pero las explosiones que fragmentan el material también deben diseñarse para no provocar daños innecesarios en la pared que finalmente quedará como límite de la excavación.

Aquí aparecen técnicas de tronadura controlada.

Una de ellas es el precorte o pre-splitting, que utiliza una línea de perforaciones especialmente diseñada cerca del límite final del banco. La detonación genera un plano de fractura relativamente definido que ayuda a separar la roca que será removida de la pared que debe permanecer.

También pueden ajustarse las cargas explosivas, secuencias de detonación y geometrías de perforación en las filas próximas al talud final.

El objetivo es muy distinto al de una tronadura ubicada en medio del banco productivo. Allí interesa fragmentar eficientemente grandes volúmenes de roca; junto a una pared definitiva también importa limitar el daño que podría extender las fracturas hacia el macizo que permanecerá en su lugar.

Radares capaces de detectar movimientos casi imperceptibles

Aunque el diseño sea correcto, el comportamiento real del terreno debe comprobarse permanentemente.

Una de las tecnologías que transformó esta tarea es el radar de monitoreo de taludes. Estos sistemas observan grandes sectores de las paredes y pueden detectar deformaciones extremadamente pequeñas, permitiendo seguir cómo cambia su velocidad con el paso del tiempo.

El principio resulta especialmente valioso porque muchas inestabilidades no ocurren completamente de improviso. Antes de una falla pueden aparecer desplazamientos progresivos cuya velocidad cambia durante horas, días o periodos más largos, dependiendo del mecanismo involucrado.

Los equipos geotécnicos pueden establecer niveles de alerta asociados al comportamiento observado. Si un sector comienza a mostrar una tendencia preocupante, es posible restringir accesos, retirar maquinaria, modificar la operación o realizar estudios adicionales.

Junto al radar se utilizan otras herramientas. Prismas instalados sobre las paredes pueden ser medidos mediante estaciones totales automatizadas; sistemas GNSS pueden seguir desplazamientos de puntos específicos; piezómetros controlan presiones de agua, mientras escáneres láser y levantamientos LiDAR permiten construir modelos tridimensionales de alta precisión.

Los datos obtenidos en distintos instrumentos terminan formando algo parecido a un sistema de vigilancia continua de la montaña.

Una pared que comienza a moverse no significa automáticamente un colapso

La roca puede presentar pequeños desplazamientos sin que necesariamente exista una falla inminente. La clave está en determinar cuánto se mueve, dónde ocurre el movimiento y cómo cambia su velocidad.

Los especialistas analizan tendencias de deformación y las relacionan con la geología del sector, precipitaciones, agua subterránea, excavaciones recientes, tronaduras y otras variables operacionales.

Cuando aparece una condición geotécnica desfavorable existen distintas posibilidades de intervención. Una mina puede modificar el ángulo de una pared, descargar material desde determinados sectores, mejorar el drenaje o cambiar la secuencia mediante la cual continuará excavando.

En áreas localizadas también pueden instalarse pernos y cables de anclaje, mallas, hormigón proyectado u otros sistemas de sostenimiento. Sin embargo, intentar reforzar de esa manera toda la pared de un rajo gigantesco normalmente no sería práctico. En grandes escalas, la geometría, el drenaje y la planificación son las principales herramientas para controlar la estabilidad.

Cuando seguridad y economía chocan en la misma pared

La inclinación de los taludes tiene además enormes consecuencias económicas.

Para llegar hasta un cuerpo mineralizado profundo es necesario retirar la roca que se encuentra sobre él. Si las paredes deben construirse con pendientes más tendidas, el rajo se ensancha y aumenta la cantidad de material sin valor económico que debe excavarse.

Una diferencia aparentemente pequeña en el diseño puede terminar modificando significativamente el volumen total de roca que deberá moverse durante años de operación.

Eso convierte a la ingeniería geotécnica en algo mucho más amplio que una especialidad dedicada a prevenir accidentes. Sus decisiones pueden influir directamente en reservas explotables, planificación, costos, ubicación de caminos y secuencia de extracción.

El desafío consiste en encontrar un diseño que permita acceder al mineral sin llevar la roca más allá de las condiciones de estabilidad consideradas aceptables.

El problema seguirá creciendo mientras las minas sean más profundas

Chile posee algunos de los grandes yacimientos de cobre a cielo abierto del planeta y una parte importante de ellos ha sido explotada durante décadas. Conforme ciertas operaciones profundizan sus rajos, la geotecnia adquiere todavía mayor relevancia.

Las paredes se vuelven más altas, las distancias aumentan y comienzan a exponerse sectores del macizo rocoso sometidos a condiciones diferentes de las observadas cerca de la superficie. Al mismo tiempo, caminos, equipos y trabajadores pueden encontrarse operando debajo de enormes masas de roca.

La respuesta de la industria ha sido combinar modelos geológicos cada vez más detallados con instrumentación automática, radares, sensores y sistemas capaces de entregar información prácticamente continua sobre el comportamiento del terreno.

Un gran rajo, por lo tanto, nunca es simplemente un enorme agujero excavado hasta encontrar cobre.

Es una estructura que debe rediseñarse y vigilarse durante toda su existencia. Cada escalón visible en sus paredes, cada perforación de drenaje y cada radar apuntando hacia el talud forman parte de una tarea silenciosa pero fundamental: mantener bajo control una montaña que la propia minería está modificando día tras día.