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Por qué las grandes mineras de Chile están llevando agua de mar hasta el desierto

La minería chilena enfrenta un desafío hídrico que la lleva a innovar en sus fuentes de abastecimiento, utilizando agua de mar para sostener sus operaciones en el desierto.

Por qué las grandes mineras de Chile están llevando agua de mar hasta el desierto

La escasez hídrica y el crecimiento de las operaciones están modificando una de las infraestructuras más críticas de la minería chilena. Hoy, enormes sistemas de desalación, tuberías y estaciones de bombeo permiten transportar agua desde el Pacífico hasta faenas situadas a cientos de kilómetros de la costa.

Mover agua desde el océano hasta una mina ubicada a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar parece, a primera vista, una solución extrema. Sin embargo, en el norte de Chile se está convirtiendo progresivamente en parte normal de la infraestructura minera. En algunos casos, el agua debe recorrer más de 160 kilómetros y superar desniveles equivalentes a elevarla varias veces hasta la altura de un rascacielos antes de alcanzar las plantas donde se procesa el mineral.

La razón está bajo el propio desierto. Chile posee algunos de los mayores yacimientos de cobre del planeta precisamente en regiones donde el agua continental es escasa y donde la minería debe convivir con ciudades, agricultura, ecosistemas y otras actividades que también dependen de ella. Frente a esa combinación, el océano Pacífico se está transformando en una fuente estratégica para mantener las operaciones sin aumentar proporcionalmente la presión sobre acuíferos, ríos y otras reservas de agua dulce.

El cambio ya puede medirse. En 2024, la minería chilena del cobre utilizó aproximadamente 7,5 metros cúbicos por segundo de agua de mar, equivalentes al 40,7% de su demanda hídrica total. Hacia 2034, la utilización de esta fuente podría llegar a unos 13,9 metros cúbicos por segundo y representar cerca del 67,6% del total, convirtiéndose con claridad en la principal fuente de abastecimiento del sector.

Una mina de cobre necesita enormes cantidades de agua

Para entender por qué ocurre esta transformación hay que mirar cómo se produce el cobre. Gran parte del mineral extraído actualmente debe pasar por plantas concentradoras, donde la roca es triturada y molida hasta alcanzar tamaños suficientemente pequeños para liberar los minerales de cobre que contiene.

Después viene la flotación, un proceso en el que el mineral finamente molido se mezcla con agua y reactivos para separar las partículas que contienen cobre del resto de la roca. El resultado es un concentrado con una proporción mucho mayor del metal, mientras una parte importante del material restante termina formando relaves.

El agua circula constantemente dentro de estas plantas. Una proporción relevante puede recuperarse desde espesadores y depósitos de relaves y volver al proceso, por lo que las operaciones modernas recirculan grandes volúmenes. Sin embargo, siempre se necesita incorporar agua adicional para compensar pérdidas asociadas a humedad, evaporación y diferentes etapas del proceso.

El desafío aumenta a medida que algunas minas explotan minerales de menor ley. Cuando una tonelada de roca contiene menos cobre, es necesario extraer, mover, triturar y procesar una mayor cantidad de material para obtener una cantidad similar de metal. Ese fenómeno puede aumentar tanto las necesidades energéticas como la importancia de asegurar un suministro hídrico estable.

Del Pacífico a una mina ubicada a 3.000 metros

Captar agua de mar es solamente la primera parte del problema. En muchos proyectos, el verdadero desafío de ingeniería consiste en llevarla hasta la mina.

Una de las demostraciones más claras está en Escondida, en la Región de Antofagasta. Su planta desalinizadora de Puerto Coloso tiene una capacidad de 2.500 litros por segundo y forma parte de un sistema que incluye tuberías, estaciones de bombeo de alta presión, infraestructura eléctrica y almacenamiento en la zona minera. El agua debe ser transportada desde la costa hasta una operación situada sobre los 3.000 metros de altura.

La infraestructura permite dimensionar el desafío. La construcción del sistema consideró dos tuberías de 42 pulgadas y cuatro estaciones de bombeo de alta presión capaces de impulsar el agua hacia la cordillera. Escondida pudo, con el desarrollo de su infraestructura de desalación y otras mejoras operacionales, terminar la extracción de agua desde acuíferos altoandinos para su operación.

Codelco avanza bajo una lógica similar para sus operaciones del Distrito Norte. Su proyecto de desalación contempla una planta en el sector de Caleta Viuda, al sur de Tocopilla, con una capacidad inicial diseñada de 840 litros por segundo y potencial de expansión hasta 1.956 litros por segundo. El sistema considera más de 160 kilómetros de tuberías y estaciones de bombeo para transportar agua hacia las divisiones Chuquicamata, Ministro Hales y Radomiro Tomic.

En Radomiro Tomic, el agua deberá llegar hasta aproximadamente 3.000 metros sobre el nivel del mar. Eso significa que una instalación ubicada junto al océano termina formando parte directa del funcionamiento cotidiano de una mina instalada en plena cordillera.

No toda el agua de mar necesita ser desalinizada

Uno de los puntos menos conocidos es que llevar agua desde el océano hasta una mina no significa necesariamente convertirla primero en agua dulce.

Cuando una operación necesita agua con una calidad determinada, puede recurrir a la desalación mediante tecnologías como la ósmosis inversa. En términos simples, el agua de mar es pretratada y posteriormente sometida a alta presión para atravesar membranas capaces de separar gran parte de sus sales. El resultado es agua con una concentración salina mucho menor, apta para los procesos para los que fue diseñada la instalación.

Pero existen faenas capaces de trabajar directamente con agua marina sin desalar. Minera Centinela, en Antofagasta, opera sus procesos utilizando 100% agua de mar sin desalar, una estrategia que obliga a diseñar equipos, materiales y procesos capaces de funcionar en condiciones de elevada salinidad. Minera Antucoya utiliza una estrategia similar.

La diferencia es relevante porque desalar también consume energía. Cuando técnicamente es posible utilizar agua de mar directamente, puede evitarse parte de ese proceso. Sin embargo, la decisión depende de las características metalúrgicas de cada mineral, la configuración de la planta, la corrosión, los equipos utilizados y la calidad de agua que necesita cada etapa.

Bombear el agua puede consumir más energía que desalarla

La imagen habitual de estos proyectos suele concentrarse en las enormes plantas desalinizadoras instaladas junto al mar. Pero energéticamente existe otro desafío igualmente importante: vencer la gravedad.

Para llevar miles de litros de agua por segundo desde el nivel del océano hasta una faena ubicada a dos o tres kilómetros de altura se necesitan estaciones de bombeo de gran potencia funcionando de manera continua. La longitud de las tuberías, el diámetro, el desnivel y las pérdidas por fricción determinan buena parte de la energía necesaria.

Las proyecciones energéticas para la minería chilena muestran la magnitud del fenómeno. El consumo de electricidad asociado a desalación e impulsión de agua de mar podría transformarse en uno de los componentes importantes de la demanda eléctrica del sector durante la próxima década. En una proyección elaborada para 2034, cerca del 80% del consumo eléctrico asociado específicamente al uso de agua de mar correspondía a la impulsión, y no a la desalación propiamente tal.

Esto convierte al agua en un problema que cruza dos industrias al mismo tiempo. Una mina que reemplaza agua continental por agua proveniente del Pacífico necesita asegurar no solamente infraestructura hidráulica, sino también suficiente generación eléctrica, líneas de transmisión, estaciones de bombeo y redundancia operacional.

La desalación ya no es exclusiva del extremo norte

Durante años, estos sistemas estuvieron asociados principalmente a Antofagasta y Atacama, donde se combinan grandes operaciones mineras, extrema aridez y una distancia relativamente manejable entre el océano y muchos distritos cupríferos.

Sin embargo, la tendencia comenzó a avanzar hacia otras zonas. En 2024, Los Pelambres puso en operación en la Región de Coquimbo una planta desalinizadora de 400 litros por segundo ubicada en Los Vilos. La instalación se convirtió en la primera desaladora destinada a minería de gran escala en la zona central del país.

La infraestructura forma parte de una transformación mayor del suministro hídrico de la operación. Los planes de expansión consideran duplicar la capacidad de desalación hasta 800 litros por segundo, fortaleciendo el uso combinado de agua proveniente del mar y agua recuperada desde los propios procesos mineros.

El fenómeno muestra que la desalación dejó de ser una solución excepcional para convertirse gradualmente en una variable que puede influir incluso en el diseño de nuevos proyectos y expansiones.

El océano está cambiando el mapa de la minería chilena

Durante décadas, la disponibilidad de mineral, energía y agua condicionó dónde podía desarrollarse una operación minera. El avance de enormes sistemas de impulsión está modificando parcialmente esa ecuación: ahora es técnicamente posible conectar una planta costera con una faena situada muy lejos y mucho más arriba.

Pero esa solución tiene costos. Requiere inversiones importantes, grandes cantidades de electricidad, mantenimiento permanente y obras costeras que deben controlar adecuadamente la captación de agua y la descarga de las corrientes salinas generadas por la desalación. También obliga a evaluar cuidadosamente sus impactos ambientales y la interacción con ecosistemas marinos.

Por eso la estrategia hídrica no depende únicamente del océano. La tendencia combina agua de mar, desalación, recirculación y mayor eficiencia en los procesos, reduciendo la cantidad de agua nueva que debe incorporarse por cada tonelada procesada.

Lo que ocurre hoy en el norte de Chile permite observar un cambio estructural. En uno de los territorios más áridos del planeta, la continuidad de algunas de las mayores minas de cobre está dependiendo cada vez más de una infraestructura que comienza literalmente en el océano.

Si las actuales proyecciones se cumplen, hacia la próxima década la mayor parte del agua utilizada por la minería chilena del cobre ya no provendrá de fuentes continentales. Provendrá del Pacífico, después de recorrer tuberías, plantas, bombas y enormes diferencias de altura para llegar hasta los mismos yacimientos que han convertido a Chile en el principal territorio cuprífero del mundo.