
Washington acelera la carrera por los nódulos polimetálicos, pero carece de instalaciones domésticas a escala comercial capaces de procesar el material y convertirlo en níquel, cobalto, cobre y manganeso refinados. La brecha amenaza con trasladar el principal desafío desde el fondo del océano hacia las plantas metalúrgicas en tierra.
Estados Unidos está acelerando su estrategia para desarrollar la minería de aguas profundas, pero el avance regulatorio y tecnológico de la extracción está exponiendo una debilidad menos visible: el país todavía no cuenta con capacidad industrial establecida para procesar a escala comercial los nódulos polimetálicos que pretende recuperar del lecho marino.
El problema es estratégico. Los nódulos presentes principalmente en grandes áreas del Pacífico contienen combinaciones de níquel, cobre, cobalto y manganeso, materias primas vinculadas con baterías, redes eléctricas, electrónica, defensa y distintas tecnologías industriales.
Pero recuperar millones de toneladas desde profundidades oceánicas constituye solo la primera parte de la cadena. Una vez transportados a tierra, los nódulos deben ser tratados mediante procesos metalúrgicos capaces de separar sus distintos componentes y transformarlos en productos comercializables.
Es precisamente en esa etapa donde aparece el cuello de botella estadounidense.
Extraer minerales no resuelve la dependencia
Washington busca convertir los recursos minerales del fondo marino en una nueva fuente de abastecimiento de materias primas críticas y reducir la exposición de sus cadenas industriales frente a la concentración internacional del procesamiento.
La dificultad es que la capacidad de refinación mundial continúa fuertemente concentrada. China mantiene participaciones dominantes en el procesamiento de varios minerales críticos, pese a las inversiones realizadas por Estados Unidos y otros países para diversificar las cadenas de suministro.
Esto significa que una política concentrada únicamente en acelerar la extracción submarina no garantiza autonomía mineral.
Sin plantas capaces de separar, refinar y convertir los metales recuperados en productos utilizables por la industria, Estados Unidos podría desarrollar una nueva fuente de mineral sin resolver completamente su dependencia en las etapas posteriores de la cadena de valor.
La situación es especialmente relevante porque los nódulos no constituyen un concentrado convencional proveniente de una mina terrestre. Su composición obliga a desarrollar circuitos metalúrgicos capaces de recuperar múltiples metales dentro de una misma operación.
TMC proyecta procesamiento en Texas
The Metals Company (TMC), uno de los desarrolladores más avanzados en la carrera por explotar nódulos polimetálicos, reconoce esta brecha dentro de su propia estrategia industrial.
La compañía ha evaluado alternativas fuera de Estados Unidos para las primeras etapas de procesamiento. Entre ellas figura Japón, donde se realizaron pruebas con Pacific Metals Co. (PAMCO) utilizando material recolectado durante campañas de minería experimental. Las pruebas incluyeron operaciones de calcinación y fundición a escala comercial, aunque hasta ahora no existe un acuerdo comercial vinculante para procesar allí la futura producción.
El esquema de desarrollo contempla inicialmente producir materiales intermedios que puedan ser enviados posteriormente a refinerías existentes.
Para una etapa posterior, TMC USA estudia establecer capacidad propia de refinación en Estados Unidos, destinada a producir sulfato de níquel, sulfato de cobalto, cátodos de cobre y sulfato de amonio.
En julio de 2026, TMC USA dio otro paso al firmar un acuerdo con Mariana Minerals para avanzar en el desarrollo de un potencial complejo industrial de procesamiento y refinación de nódulos polimetálicos en el Puerto de Brownsville, Texas.
El trabajo inicial comprende desarrollo conceptual, diseño técnico y estudios para determinar la factibilidad de las instalaciones. Por ahora, se trata de un proyecto en desarrollo y no de una refinería operativa.
Otros desarrolladores buscan cerrar la brecha
TMC no es la única compañía que intenta resolver el problema.
Otros actores vinculados con la minería submarina han comenzado a diseñar proyectos de procesamiento en territorio estadounidense. Entre ellos aparecen Deep Sea Minerals, Impossible Metals y Glomar Minerals, con iniciativas y acuerdos en distintas fases de maduración para construir capacidad asociada a los nódulos polimetálicos.
Glomar Minerals, junto con Cobalt Blue Holdings, ha planteado una instalación estadounidense orientada al procesamiento de minerales críticos provenientes de nódulos, con una capacidad inicial proyectada de 200.000 toneladas anuales y posibilidades de expansión. El proyecto ha sido planteado con una inversión inferior a US$500 millones, aunque todavía debe recorrer etapas técnicas y de desarrollo antes de alcanzar una eventual producción comercial.
La multiplicación de estos proyectos revela un cambio relevante en la discusión sobre minería submarina. La competencia ya no se limita al diseño de vehículos recolectores, buques especializados o permisos sobre áreas del océano.
La infraestructura metalúrgica terrestre comienza a convertirse en una pieza igualmente decisiva.
La carrera regulatoria avanza más rápido
Estados Unidos también está modificando el marco administrativo para acelerar proyectos.
En enero de 2026, NOAA estableció un procedimiento consolidado que permite tramitar conjuntamente solicitudes de licencias de exploración y permisos de recuperación comercial bajo la legislación estadounidense aplicable a minerales duros del fondo marino.
TMC USA presentó posteriormente una solicitud consolidada para el área denominada USA-A, ubicada en la zona Clarion-Clipperton del Pacífico. La superficie solicitada alcanza 65.160 kilómetros cuadrados y contiene recursos estimados por la empresa en 619 millones de toneladas de nódulos.
Pese al avance administrativo, NOAA continúa registrando que no existen permisos de recuperación comercial vigentes bajo este régimen. La industria, por tanto, se encuentra todavía en una fase previa a la explotación comercial estadounidense.
Esta diferencia de velocidades es relevante: el aparato regulatorio puede reducir tiempos administrativos, pero construir una nueva industria metalúrgica requiere ingeniería, permisos ambientales, infraestructura portuaria, energía, financiamiento, pruebas de procesos y posteriormente puesta en marcha.
El verdadero desafío está en toda la cadena
La minería submarina suele concentrar la atención en las máquinas que operarán a varios kilómetros de profundidad y en sus posibles impactos ambientales. Sin embargo, desde una perspectiva económica, la viabilidad de esta nueva fuente mineral dependerá también de lo que ocurra después de que los nódulos lleguen a puerto.
Estados Unidos deberá demostrar que puede desarrollar simultáneamente recolección submarina, transporte marítimo, procesamiento metalúrgico, refinación y fabricación de productos intermedios, además de encontrar mercados capaces de absorber la producción.
El desafío se vuelve mayor considerando que las plantas deberán competir con cadenas internacionales de procesamiento consolidadas durante décadas y con importantes economías de escala.
Para Washington, por lo tanto, el objetivo no consiste simplemente en extraer minerales críticos desde el Pacífico.
La prueba industrial será determinar si puede convertir esos recursos en metales refinados dentro de una cadena doméstica económicamente competitiva. Si la capacidad de procesamiento no crece al mismo ritmo que los permisos y los sistemas de extracción, el cuello de botella de la minería submarina estadounidense podría terminar estando en tierra y no en el fondo del océano.






