
La demanda eléctrica de la industria cuprífera aumentará desde 27,6 TWh en 2025 hasta 33,2 TWh en 2034. La mayor concentración de minerales sulfurados, el envejecimiento de los yacimientos y el creciente uso de agua de mar explican buena parte de la brecha entre energía y producción.
La minería chilena del cobre enfrentará durante la próxima década un aumento de su demanda eléctrica considerablemente mayor que el crecimiento esperado de la producción. La Comisión Chilena del Cobre (Cochilco) proyecta que el sector pasará de consumir 27,6 teravatios-hora (TWh) en 2025 a 33,2 TWh en 2034, un incremento de 20,2%, mientras la producción de cobre fino aumentaría 8,3% durante el mismo período.
La diferencia refleja un cambio estructural en la forma de producir cobre en Chile. Los yacimientos envejecen, disminuyen las leyes minerales y aumenta la dureza del material procesado. Eso obliga a mover y triturar mayores volúmenes de mineral para obtener una cantidad equivalente de cobre, elevando especialmente el consumo eléctrico de las plantas concentradoras.
En términos agregados, las cifras implican que la cantidad de electricidad requerida por unidad de cobre producido aumentaría cerca de 11% entre 2025 y 2034, incluso considerando el crecimiento proyectado de la producción.
Concentración se consolida como el principal consumidor de electricidad
El principal factor detrás del aumento será el avance de la producción de concentrados frente a los cátodos obtenidos mediante procesos hidrometalúrgicos.
Cochilco estima que la producción chilena de cobre alcanzaría aproximadamente 6 millones de toneladas de cobre fino en 2027 y posteriormente oscilaría antes de cerrar 2034 cerca de los 5,9 millones de toneladas.
Dentro de esa producción, los concentrados aumentarían 15,8% respecto de 2025, hasta aproximadamente 5 millones de toneladas, mientras la producción de cátodos disminuiría 20,7%, hasta unas 885 mil toneladas.
Esta modificación tiene consecuencias directas sobre la demanda energética. Las plantas concentradoras, donde se realizan procesos como chancado, molienda y flotación, consumirían 18,1 TWh en 2034, equivalentes a alrededor del 55% de toda la electricidad requerida por la minería del cobre.
La transición responde en parte al agotamiento progresivo de depósitos de óxidos y al creciente procesamiento de minerales sulfurados. Al mismo tiempo, la caída de las leyes obliga a procesar más roca por cada tonelada de cobre recuperada.
El consumo asociado a la hidrometalurgia, en cambio, bajaría desde 4,2 TWh en 2025 a 3,5 TWh en 2034, reduciendo su participación desde 15% hasta cerca de 10% del total. La fundición aumentaría desde 1,5 TWh hasta 2,1 TWh.
El agua de mar suma otra presión energética
La segunda transformación relevante proviene del abastecimiento hídrico. Frente a las restricciones sobre fuentes continentales, las compañías mineras están aumentando el uso directo de agua de mar y la capacidad de desalación.
El desafío energético no está solamente en desalinizar. Una parte considerable de las operaciones se encuentra a cientos de kilómetros de la costa o a varios miles de metros sobre el nivel del mar, por lo que el agua debe ser bombeada mediante grandes sistemas de impulsión.
Cochilco calcula que el consumo eléctrico destinado conjuntamente a desalación e impulsión de agua de mar aumentará 60%, desde 3,4 TWh en 2025 hasta 5,4 TWh en 2034.
Para entonces representaría 16,2% del consumo eléctrico de la minería cuprífera. Cerca de 82% de esa electricidad correspondería solamente a la impulsión.
En paralelo, el caudal de agua de mar utilizado por la industria aumentaría desde 8,1 metros cúbicos por segundo en 2025 hasta 13,9 metros cúbicos por segundo en 2034, mientras el uso de agua continental disminuiría desde 10,3 hasta 6,7 metros cúbicos por segundo.
La sustitución de agua continental reduce la presión sobre recursos hídricos terrestres, pero traslada parte del desafío hacia el sistema energético.
Antofagasta seguirá concentrando la mayor demanda
La presión eléctrica continuará especialmente concentrada en las principales regiones mineras del norte.
Antofagasta seguirá siendo el mayor centro de consumo eléctrico cuprífero, aunque su participación nacional bajaría desde cerca de 60% en 2025 hasta 52% en 2034. Su demanda pasaría desde aproximadamente 16,5 TWh hasta 17,2 TWh.
El crecimiento más pronunciado se produciría en Atacama, donde el consumo aumentaría desde 2,6 TWh hasta 4,8 TWh y su participación subiría desde 9% hasta 14%.
Tarapacá llegaría a aproximadamente 3,8 TWh, mientras Coquimbo aumentaría desde 1,5 TWh hasta 1,9 TWh.
La expansión obliga a considerar no solo nueva generación eléctrica, sino también capacidad de transmisión y disponibilidad de suministro en zonas donde se concentrarán nuevos proyectos y ampliaciones.
Cochilco estima que hacia 2034 la minería requeriría alrededor de 809 MW adicionales de potencia respecto de 2025, mientras el máximo del período se alcanzaría en 2033, con cerca de 931 MW adicionales.
Más electricidad, pero con una matriz crecientemente renovable
El aumento de la demanda se producirá en paralelo con una transformación de los contratos eléctricos de las compañías.
Según las proyecciones de Cochilco basadas en acuerdos de suministro declarados y compromisos empresariales, hacia 2030 unos 29,1 TWh de los 29,5 TWh consumidos por la minería podrían estar asociados a fuentes renovables, equivalente a 98,6%.
Ese cambio reduce la intensidad de emisiones vinculada al suministro eléctrico, pero no elimina el desafío físico para el sistema: la electricidad debe estar disponible en las horas y lugares donde las faenas la necesitan, lo que mantiene la presión sobre transmisión, generación flexible y almacenamiento.
La magnitud del sector seguirá siendo relevante para todo el sistema eléctrico chileno. Cochilco calcula que la minería del cobre representó aproximadamente 33,8% del consumo eléctrico nacional en 2025.
Aunque su demanda continuará aumentando, su participación bajaría hasta 28,4% en 2034 debido al crecimiento todavía mayor previsto para el consumo eléctrico del resto del país.
La proyección deja así una ecuación más exigente para la minería chilena: durante la próxima década deberá aumentar su producción de cobre, procesar minerales progresivamente más complejos, utilizar más agua de mar y hacerlo con una demanda eléctrica que crecerá más de dos veces más rápido que la producción del metal.






